—Mi hija ha perdido el juicio.

—Algo de eso.

—También tiene de ello la culpa el señor de Montoria. Mis enemigos, mis pérfidos enemigos no me dejan respirar.

—¡Cómo!—exclamó mi protector.—¿También tengo yo la culpa de que esa niña haya sacado las malas mañas de su madre... quiero decir...? ¡Maldita lengua mía! Su madre fué una señora ejemplar.

—Los insultos del Sr. Montoria no me llaman la atención, y los desprecio—dijo el avaro con ponzoñosa cólera.—En vez de insultarme el Sr. D. José, debiera sujetar á su niño Agustín, libertino y embaucador, que es quien ha trastornado el seso á mi hija. No, no se la daré en matrimonio, aunque bebe los vientos por ella. Y quiere robármela. ¡Buena pieza es el tal D. Agustín! No, no la tendrá por esposa. Vale más, mucho más, mi María.

D. José de Montoria, al oir esto, púsose blanco, y dió algunos pasos hacia Candiola, con intento sin duda de renovar la violenta escena de la calle de Antón Trillo. Después se contuvo, y con voz dolorida habló así:

—¡Dios mío! dame fuerzas para reprimir mis arrebatos de cólera. ¿Es posible matar la soberbia y ser humilde delante de este hombre? Le pedí perdón de la ofensa que le hice, humilléme ante él, le ofrecí una mano de amigo, y, sin embargo, se me pone delante para injuriarme otra vez, para insultarme del modo más horrendo... ¡Miserable: castígame, mátame, bébete toda mi sangre, y vende después mis huesos para hacer botones; pero que tu vil lengua no arroje tanta ignominia sobre mi hijo querido! ¿Qué has dicho, qué ha dicho usted de mi Agustín?

—La verdad.

—No sé cómo me contengo. Señores, sean ustedes testigos de mi bondad. No quiero arrebatarme; no quiero atropellar á nadie; no quiero ofender á Dios. Yo le perdono á este hombre sus infamias; pero que se quite al punto de mi presencia, porque viéndole no respondo de mí.

Amedrentado por estas palabras Candiola, entró en el portalón del Convento. El Padre Luengo se llevó á Montoria por el Coso abajo.