Porque los que sólo ven con los ojos corporales, habrán de parecerles visiones las cosas que no son capaces de comprender; mas los que ya reflexionan, penetran en lo íntimo de su alma y se sienten profundamente conmovidos cuando consideran a la grandeza, sabiduría y omnipotencia de Dios en la creación[201]; o su amor inmenso a los hombres en su Vida, Pasión y Muerte, así como en la Eucaristía[202]; o su bondad al dar participación en la gloria a las almas virtuosas[203]; o su justicia al infligir un castigo eterno para los pecadores[204]; o su misericordia cuando éstos, arrepentidos, les acoge en su seno y les perdona[205]; o su magnanimidad cuando les exhorta a servir en sus banderas para conquistar el Reino de Cristo[206]; o su generosidad cuando sale en busca del hijo pródigo para perdonarle y celebrar, con festín, su vuelta, arrepentido de su pasado[207].

O bien comprenden la pequeñez del hombre, su soberbia y su maldad, para llegar a los afectos de confusión, por haber ofendido a Dios[208]; de arrepentimiento de sus pecados[209]; de temor al castigo eterno[210]; de gratitud por sentirse perdonados[211]; de admiración por verse tan amados de Dios[212]; de gozo por sentirse fortalecidos con la virtud para luchar contra nuestros tres enemigos y por llegar a merecer el premio eterno reservado a los virtuosos[213]; de reconocimiento por haberse dignado Cristo Jesús bajar del Cielo a la Tierra para ofrecerse en holocausto de nuestros pecados y redimirnos de ellos[214], dejándonos en prenda la Sagrada Eucaristía[215], y su corazón sacratísimo[216], así como por habernos dado como madre nuestra, refugio de pecadores y consuelo de los afligidos, a su propia y Santísima Madre María[217].

Con todas estas meditaciones y con todas estas sensaciones, ritmos constantes de estas facultades que integran nuestra alma, hacen latir los corazones, y las emociones que en aquellos instantes se experimentan nos hacen salir fuera del mundo positivo, pues nuestra alma suspira por conseguir esa belleza increada, que es el Sumo Bien, Dios mismo, a quien ve descrito en las meditaciones.

“El entusiasmo—ha dicho una escritora—es para la conciencia un estímulo, como lo es el honor respecto del deber; hay en el alma una parte de energía que debe consagrarse a la belleza; por tanto, las creaciones del ingenio tienen un carácter moral, que les atribuye una importancia que, al primer aspecto, no se descubría en ellos.”[218].

Mas para que se pueda experimentar ese entusiasmo, ha de preceder una función de nuestras facultades, un afecto, un amor, que en las cosas espirituales ha de ser el amor de Dios, base de todos los deberes que el hombre tiene para con Él[219].

Éste engendra la veneración, la gratitud, el reconocimiento por todo lo que hemos recibido de su bondadosa mano, y, por tanto, la adoración interior con que nos humillamos en su presencia. Obligación que se funda en la propia naturaleza del hombre.

Mas todo esto obra, además, por medio de la conciencia, pues ella nos hace también sentir y conocer. Por ella amamos, por ella nos dolemos, por ella nos alegramos, pues, según la definición más exacta, la conciencia es la facultad por la cual nuestra alma percibe las afecciones propias[220].

Pero es que, además, nuestro Filósofo sabe producir esa concatenación en el actuar de las potencias de nuestra alma, y, al efecto, para excitar la memoria, le hace recordar las eternas verdades[221] y cuánta es la gravedad de la ofensa a Dios[222], para que no incurra en el pecado, según aquello de memorare novissima tua et in æternum non peccabis; excita, igualmente, el entendimiento, por medio del cual el ejercitante ha de comprender los daños del pecado y los bienes de la virtud, según el castigo o la recompensa que para éstos hay, moviéndose al dolor y al arrepentimiento o a la gratitud y alegría, por medio de ejercicios de humildad y satisfacción, con lo cual se cumple aquel axioma filosófico: nada hay en el entendimiento, que no haya sido antes objeto del sentimiento: nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu.

Excita, por último, a la voluntad, para que, recordando nuestro abolengo divino y comprendiendo y conociendo dónde está nuestro fin[223] y nuestro Reino[224], lo deseemos, lo amemos y queramos poseerle con toda la intensidad y con todo entusiasmo; porque nada se quiere si no se conoce: nihil volitum quim præcognitum.

Es decir, que, según el Aguila de Hipoa: el alma, primero, ha de conocer a su Dios, para quererle; amarle después y poseerle, como último fin[225].