Ahora bien; para ejercer el entendimiento se precisa tener un conocimiento perfecto y un juicio exacto de la verdad; porque si es cierto que las demás facultades auxilian al entendimiento, ofreciéndole objetos exteriores o afectos de la misma alma, sin embargo, ellas, por sí solas, no conocen. La naturaleza nos las ha dado para ponernos en comunicación con los objetos, para presentárnoslo bajo ciertas formas y afectarnos de diversos modos, sin perjuicio de reservarse siempre y necesariamente a la facultad superior, que debe presidir todos los actos, internos o externos, del hombre, el entendimiento, con el verdadero conocimiento de todo.
Claro es que tal es y tan continua la necesidad que el entendimiento tiene de todas las facultades[199] que, de no saberlas dirigir bien, incurriremos en frecuentes y gravísimos errores.
Por eso ha dicho Condillac: “Ya nos elevemos a las alturas del cielo, ya descendamos hasta las profundidades del abismo, no podremos salir nunca de nosotros mismos, pues siempre percibiremos a nuestra propia mente”.
Y tan evidente es esto, que no encontramos concebible ninguno de nuestros conocimientos sin la intervención inmediata de alguna de nuestras facultades. De ahí que el ejercicio de éstas haya sido anterior a su propio conocimiento por los que intentaron descubrirlo y definirlo, esto es, por los filósofos.
Por todo esto no cabe dudar que la Filosofía ha sido un título de gloria para la mente humana, y podría considerarse como una blasfemia contra el Creador si se le quisiera atribuír, sin fundamento alguno, el haber infundido un deseo que le extraviase en el vasto campo de los devaneos, dice García Luna.
Y no podemos caer en un concepto tan erróneo cuando contemplamos ese orden tan admirable que reina en todo el Universo. Porque si la Providencia formó hasta los órganos del más vil insecto y les infundió vida y movimiento, ¿cómo había de proceder de distinta manera con la criatura en que más resplandece su sabiduría?
De ningún modo; y así se ve que, por medio de tales facultades, llegamos a conocer las ideas del bien y de la belleza que, a la manera que se hayan desarrollado en nuestra alma, así acertaremos o no a pintar la naturaleza, bien como la triste realidad nos la presenta, bien como el entendimiento la concibe, teniendo siempre en cuenta el objeto que nos propongamos o el fin a que aspiremos.
Tales disquisiciones nos traen como de la mano la figura de nuestro Santo filósofo, quien, dotado de todas estas facultades que enumeradas quedan, pero en un grado superlativo de perfección, supo plasmarlas en su libro admirable, haciéndonos ver cómo la belleza infinita de Dios es la perfección del Bien Supremo; y como todos los hombres desean conseguir ese Bien, nos describe los instintos generosos y de nobleza inherentes a nuestro corazón, contribuyendo eficazmente a buscar la belleza como perfección del bien.
Él nos pone delante de los ojos el modelo de Jesucristo[200], al cual el alma no sólo cree y conoce que es deber suyo acercarse, sino que le hace sentir que, de lograrlo, llega al término de sus deseos, le manifiesta la parte celestial que en sí tiene, el soplo divino que la anima, y, de este modo, la obliga a desprenderse de la tierra y contemplar en la porción más noble de su misma naturaleza una parte que su mente atribuye al Todopoderoso.
Y no creáis que pierde nada de su valor real este efecto sublime de las meditaciones de los Ejercicios porque no sean tan palpables; sino, por el contrario, excitan las facultades del alma y hacen recapacitar más, ejercitarlas con más intensidad.