Dunquerque.”
El Mundo:
UN LIBRO DE
ACTUALIDAD
Los cultos escritores don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos han publicado recientemente el primer volumen de su Biblioteca Filosófica. El título del libro es Francisco de Valles (el Divino), y está consagrado, no sólo a la biografía y bibliografía del eximio doctor, hijo de nuestra noble e histórica villa de Covarrubias, sino también, y, sobre todo, a sacar del olvido, presentándolas ante la opinión científica actual, las ideas y doctrinas que en Filosofía profesó y enseñó uno de los pensadores españoles más notables del siglo XVI, las ideas y doctrinas del gran médico de cámara de Felipe II, maestro preclaro de la famosa Universidad de Alcalá.
La obra, dedicada a nuestro augusto Soberano don Alfonso XIII, abre su texto con un prólogo, admirablemente escrito por el ilustre catedrático de la Universidad Central don Adolfo Bonilla y San Martín, prólogo que, en brillante síntesis, erudita y castiza, digna de la docta pluma que la trazó, muestra en conjunto el hondo pensamiento filosófico del divino Valles.
Los esclarecidos publicistas señores Ortega y Marcos encabezan el fondo de este primer volumen con una Introducción o idea de lo que va a ser su Biblioteca Filosófica de los grandes filósofos españoles, y la Introducción, de estilo correcto y llano, adornada de citas y nombres gloriosos, en la que descuella el gusto selecto de humanistas de los dos escritores, afirmándose en las doctrinas tradicionales de las escuelas de nuestra Península, alza un canto de alabanza a la “Ciencia española”.
Yo, desde que allá por los años de mi juventud, leí las cartas preciosísimas de don Marcelino sobre la realidad de la “Ciencia española”, cartas de las que no sé qué alabar más, si el vigor y la claridad de la doctrina o el aticismo y rica pompa con que su áureo lenguaje castellano deslumbra, soy partidario convencido de la existencia en la Historia del pensamiento filosófico español, sin que para dicha fe me hayan estorbado, ni en poco ni en nada, mi libertad y juicio, mi positivismo y mi evolucionismo. De modo que, por este lado, sólo encomios de mi parte merece la docta y patriótica labor de los señores Marcos y Ortega.
La característica culminante de casi todos los maestros que cultivaron la Filosofía en nuestra Patria fué, y aun parece que sigue siendo, el armonismo. Unir en una síntesis lógica y natural, hija de la observación y del raciocinio, el fenómeno y la causa, lo subjetivo y lo objetivo, el ideal y la realidad, el espíritu y la materia, Platón y Aristóteles, he aquí el trabajo constante del pensamiento científico español. Y así son armonistas San Isidoro, Gundisalvo, Mauricio, Raimundo Lulio, Sabunde, Luis Vives—“la cumbre más alta del Renacimiento”—, Miguel Servet, Fox Morcillo, el Brocense, la mayoría de los teólogos españoles, Juan de Dios Huarte y Navarro, doña Oliva, y contribuyeron a este armonismo los estudios positivos de los médicos y anatómicos peninsulares de los siglos XV y XVI, sobresaliendo en la labor Villalobos, Bernardino Montaña de Montserrat, Llobera de Avila, Valverde, Andrés Laguna, Luis Collado, Alcázar, Velázquez, Antonio Cartagena y tantos otros, siendo antes que todos ellos Arnaldo de Villanova; armonismo que se sublima y diviniza en Fray Luis de León, en Santa Teresa de Jesús, en nuestros místicos.
El armonismo filosófico español parece como si respondiera a condiciones geográficas e históricas de la Península ibérica. Al igual que la Religión, el Arte, los usos, las costumbres y el Derecho son frutos naturales de las razas y de las influencias del medio ambiente, pudiendo afirmarse que el sol, la luz, el aire, los elementos de sustentación, el género de vida, resultan a la postre las verdaderas causas de estas reacciones de nuestra psiquis, del mismo modo la Ciencia reviste modalidades y formas propias y peculiares de las regiones en que se cultiva; que con ser la verdad una y la misma para todo el Universo, es piedra preciosa de la cual cada hombre y cada pueblo sólo ven la brillante faceta que les cupo en suerte.
Encrucijada la tierra de España, donde pueden registrarse los estratos étnicos de la evolución humana, ha sido también cruz de los caminos en la que concurrieron los sentimientos y ritos religiosos, las ideas filosóficas, los adelantos positivos y científicos, los aleteos sublimes del Arte, de las distintas razas que sobre este suelo se afrontaron. Pero por condiciones del remanso en que tan diversas corrientes de la vida forman el remolino, al mezclarse y fundirse los rasgos antropológicos y los destellos del juicio, la fortaleza de los cuerpos y los anhelos del alma, como en crisol que aquilata y refina el oro, como en lente que reúne y mezcla en la intimidad de su foco central los mil rayos dispersos de la luz, de igual manera aquí las doctrinas más varias, las preocupaciones más diversas, la emotividad hecha sistemas y dogmas y la experiencia hecha saber, se sincopan por alquimia divina del espíritu en un solo ente: la Unidad.