Por eso el gnosticismo alejandrino, acarreado por Prisciliano, toma un carácter esencialmente peninsular y ofrece sus dones aprovechables a la obra común de los armonistas; por eso el misticismo escéptico y agotante de los primeros islamitas y de Al-Gacel, trasunto de las concepciones quietistas de la India, lo mismo que el talmudismo del Sepher Jatzirah y el cabalismo hebreo, al pasar por las críticas y doctrinas de Ben-Badja, de Abu-Beker-ben-Abd-el-Melek-ben-Tofail, de Averroes, de Salomón-ben-Gabirol, de Ben-Ezra, de Jehudá-Levi, de Abraham-ben-David, de Maimonides, de Moisés de León, se desnudan de la desesperanza absorbente, del milagro caldeo, de la Taumaturgia de Samaria y ofrecen sus preciados frutos, aquellos únicamente útiles a las escuelas cristianas, que los emplean en la obra sublime de la Unidad.

Este es el motivo por el cual el pensamiento abstracto, juego de especulaciones discursivas, de la Filosofía germánica, no ha podido entrar en la Ciencia española, y, en cambio, el positivismo contemporáneo y la doctrina de la evolución se enseñorearon rápidamente de nuestras enseñanzas y disciplinas. Y es que la Filosofía germánica resulta cosa extraña a la libertad del espíritu español; mientras que el positivismo adáptase de modo admirable, como instrumento de trabajo, a la condición independiente e individualista de nuestra alma nacional, y la doctrina de la evolución nos proporciona el fundamento científico de la unidad, es decir, del armonismo.

Claro que aquí hemos tenido pensadores geniales y aparentemente independientes de este canon filosófico nacional, como han sido Gómez Pereira, Francisco Sánchez y Martín Martínez, entre otros. Mas si escudriñamos atentamente en la Antoniana Margarita, en la obra del apóstol español del escepticismo, y en la Filosofía de Martín Martínez, nos convenceremos bien pronto que las tendencias recónditas de estos sabios, en el fondo, no son otras que las armonistas; ellos buscan el principio universal, la unidad, razón y fundamento del carácter propio que toma la Ciencia en España.

Armonistas han sido en estos mismos días hombres tan doctos y “libres de la república de las letras” como Menéndez y Pelayo y don Estanislao Sánchez Calvo. La ciencia biológica en España, por lo general, empezando por Cajal y llegando al más modesto investigador de laboratorio, cuando se pone a filosofar, tiende al armonismo, sello del saber de la raza.

Pues armonista fué también el divino Valles, situación espiritual que evidencian el libro singular de Sacra Philosophia y mil disquisiciones metafísicas sembradas dentro de sus múltiples obras.

Para explicar Valles el primer capítulo del Génesis tropezó con dos escollos insuperables: el espíritu rígido e intolerable de su tiempo, y el desconocimiento de ciertas verdades sobre Mitología que los estudios y las investigaciones posteriores pusieron en claro. Pienso que si tan poderosos medios hubiesen podido estar al alcance del eximio doctor de la Universidad complutense, y la dureza de la época se lo hubiera permitido, nuestro gran médico armonista habría interpretado el comienzo de la Biblia, partiendo de la creación fenoménica ex nihilo, noción forzosamente impuesta al entendimiento del hombre, hubiera partido, repito, de los cultos prehistóricos turanianos de la “serpiente”, del “árbol” y del “fuego”, y así se daría cuenta del simbolismo que encierra la leyenda del “Paraíso”. Mas de todos modos el divino Valles sostiene la doctrina racional y científica de que el mundo—fenómeno—no es ad aeterno, ni su formación hija de la casualidad... Pero estas digresiones las dejo para unos comentarios que pienso hacer de las hermosísimas conferencias que el ilustre, culto y elocuente entre los elocuentes, D. Diego Tortosa, canónigo de la Catedral de Madrid, ha pronunciado la Cuaresma pasada en la iglesia de San Ginés; entonces será ocasión de volver sobre ellas. Adelanto, no obstante la idea de que, en el fondo, no me separan del ilustradísimo orador de la cátedra sagrada mas que detalles e interpretaciones, pues yo me atengo a la frase luminosa de Sánchez Calvo: “¡Oh, Ciencia! ¡La verdadera Ciencia! Eres teología. De ti saldrá el conocimiento de Dios”.

Conste sólo que no reputo al divino Valles de ecléctico, sino de armonista, concepto bien diferente, y que el armonismo filosófico español se adelantó varias centurias a la síntesis de la ciencia contemporánea columbrando la suprema verdad del Ser, la Unidad. Este armonismo puede expresarse en la siguiente fórmula:

El dualismo repugna al entendimiento humano como absurdo, pues desposee al Ser de su obligada condición de infinitud. El Ser—la realidad—se hace vida por la sensación. Las sensaciones son la única fuente de nuestra existencia y de nuestros conocimientos. De las sensaciones nacen los instintos; de los instintos, los sentimientos; de los sentimientos, las ideas; las ideas producen los juicios, y los juicios, los universales. Luego los universales tienen una única base: las sensaciones. Y como las sensaciones no son mas que actos de la realidad, cuando nosotros sentimos somos la realidad sintiendo; cuando nosotros pensamos somos la realidad que piensa, y todos nuestros estados de conciencia son estados de conciencia de la realidad. Que en últimas cuentas, el Ser—la realidad—y nosotros y todo lo que existe constituímos la misma cosa: la Unidad.

Envío, pues, a don Eusebio Ortega y a don Benjamín Marcos mi felicitación más entusiasta por su obra patriótica y científica al dar a la estampa el hermoso libro Francisco de Valles (el Divino), primer volumen de la utilísima Biblioteca filosófica de los grandes filósofos españoles, que se proponen publicar, animándoles con mi modesto parecer a que perseveren en tan provechosa labor.

Tomás Maestre.”