Esta satisfacción y esta alegría he sentido al recibir tu carta, en cuyas líneas creo adivinar un estado de ánimo precursor de un cambio radical en ti, y como consecuencia de ello la calma y la paz de espíritu en los años que te restan de vida y la seguridad de que cuando llegue el día, el momento inevitable, epílogo obligado de esta farsa que se llama vida, podrás emprender el viaje tranquilo y, confiando en la divina misericordia, salvar tu alma para siempre. Porque no lo dudes, P. L., Dios te llama... está dando aldabonazos cada vez más fuertes en la puerta de tu corazón... Dios quiere salvarte; pero, respetando la libertad que otorgó al hombre, sólo te pide tu voluntad... algo así como tu consentimiento..., tu primer paso hacia Él.

El ambiente que respiras, tu larga etapa de vida descuidada, el egoísmo de los que te rodean, tus compromisos, tus pasiones, tu carácter agriado por las contrariedades, tus inclinaciones naturales, como las de todo humano mortal, hacia lo que deleita, etc., etc., todo eso será tan real como quieras y posiblemente se te figurarán dificultades insuperables (es la única arma-engaño, bomba sin metralla que el espíritu del mal posee para inflar la imaginación y para impedir que vuelvas a Dios); pero yo te digo y te aseguro que todo caerá como castillo de naipes y se reducirá a polvo desde el momento en que des aquel primer paso, te arrepientas, hagas tu propósito de enmienda y confieses con la noble humildad del que reconoce lealmente sus faltas, que has devuelto mal por bien, que esto hemos hecho todos (yo el primero) con Dios.

Ponte de acuerdo con el Padre Rector de los Padres Jesuítas de ahí; ve a Loyola, a Valencia, a Manresa, ahí mismo, donde quieras, pero haz los Ejercicios durante siete días, y pondré mi mano en el fuego si, haciéndolos con fe y buen deseo, no consigues lo que anhelas.

Te lo aconseja un convencido, un convertido, un amigo leal y desinteresado; te lo aconsejo yo, cuya vida ya conoces y que, por consiguiente, nada puedo echarte en cara... que, como tú, anduve dando tumbos por esos mundos de Dios hasta que por su misericordia infinita me acogió al primer intento que, para acercarme a Él, hice.

Y ha hecho más: me dió una compañera virtuosa, muchos hijos y riquezas, bienestar y felicidad, e hizo aún más, mucho más, permitió que se cebase en mí la tremenda tribulación, que ya tu conoces[274], y rendido el natural tributo de dolor y pena, inherente a la flaqueza humana, durante los primeros días (recuerda mi estado de postración cuando, enfermo aún, me visitaste) obró en mí el milagro (otro nombre no tiene, dado lo tremendo de la caída, las perspectivas en aquel entonces y mis doce hijos a cuestas) de que reaccionase rápidamente, y, aceptando, resignado, la horrible prueba, me considerase y me considere hoy, tanto o más feliz que cuando nadaba en la abundancia. Y esta tranquilidad, esta paz interior, créeme, no la cambio por la vida agitada de antes.

Esto... yo mismo no me lo explico, pero constituye una prueba de la omnipotencia y bondad del Señor. Y esto que me ha ocurrido a mí y a tantos otros, ¿no ha de servirte de estímulo para seguir mi ejemplo?

Conque a hacer Ejercicios; esa es tu ruta, empréndela animoso, lleno de confianza y Dios hará el resto, te bendecirá y te colmará de ventura, aun en este mundo........

....................................

No demores la solución de un asunto cuyas consecuencias son eternas, rechaza sin pretender profundizar ni refutarlas, cuantas objeciones han de presentársete con satánico ingenio por el espíritu del mal: entrégate a Dios sin condiciones y sigue escrupulosamente los consejos de su ministro en la tierra, el varón virtuoso, sabio y prudente, de que te hablé en mi anterior. Haz los Ejercicios.

Te envía un estrecho abrazo tu siempre buen amigo,