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Un consejo te doy: reza todas las noches tres avemarías, para que la Virgen, de la que me consta eres devoto, te alcance la gracia de tu vuelta al redil. ¿Te acuerdas de tus plegarias en Lourdes?

SEGUNDA:

Querido P. L.: Recibí tu afectuosísima carta, y no puedes imaginarte cuánto te agradezco, a la vez que me produce satisfacción vivísima, el que hayas interpretado fielmente la intención que movió mi ánimo a escribirte en el sentido en que lo hice; la sinceridad que reflejan tus líneas me tranquiliza en absoluto sobre el particular; lo necesitaba; pues te confieso ingenuamente que al recordar mi pasado y los ejemplos (¡!) que de mí han recibido mis amigos, sentía cierto calorcillo en las mejillas al meterme a predicador!

La bondadosa acogida que han merecido mis escritos, por un lado, y el fraternal afecto que te profeso, que parece haberse aumentado, desde que he entrevisto la probabilidad, digo mal, la seguridad, con la ayuda de Dios, de devolverte la tranquilidad... la paz... y al propio tiempo asegurar la salvación de tu alma, me impelen a abusar de tu bondad y a distraer de nuevo tu atención...

Poca autoridad tengo, es verdad; pero a veces Dios se vale de un ser despreciable para sus fines, como se valió de unos incultos pescadores para fundar nada menos que su Iglesia, sin que esto quiera decir, ni muchísimo menos, que pretendo compararme con aquellos Santos. De todos modos, créeme, P. L., el que te escribe con el alma—dices bien—y con el mejor y más desinteresado de los deseos, no es ya G. o D., el que conociste en otros tiempos, ni siquiera el que contemplaste agotado y decaído ante la aparente desgracia, que precisamente ha sido el toque decisivo de la misericordia del Altísimo. No creas, sin embargo, que sea un “perfecto”; sigo siendo barro quebradizo, “tierra baja” e infecunda, pero tengo tan hondamente grabado en mi alma, por la gracia de Dios, el convencimiento de que unos cuantos años de vida, buenos o malos, en este pícaro mundo son tan poquísima cosa comparados con la eternidad que indefectiblemente nos espera y que encierra el terrible dilema, que este pensamiento me impulsa a hacer partícipe de mis convicciones a quien quiera oírme con buena voluntad... ¿Y cómo no hacerlo contigo, con quien me une media vida de amistad?

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Porque tú has sufrido y sufres, querido P. L., pero tranquilízate, pues, sea cual fuere el motivo de tus penas, de tus amarguras, de tus remordimientos..., todas tus culpas, sean de la índole que fueren, todo desaparecerá, D. M..., ante un acto sincero de contrición y de confianza en la misericordia divina, de reconocimiento de tus errores, de leal y firme propósito de enmienda, y comenzará para ti una nueva era de paz y tranquilidad, no exenta de un sincero deseo de reparar en cuanto sea posible y cuanto sea susceptible de reparación, porque Dios no pide imposibles ni nada que no esté en nuestra mano realizar.

Ello dará a tu vida otra orientación, se te abrirán horizontes nuevos, y entre la práctica del bien y el cumplimiento de tus obligaciones y deberes materiales, perfectamente compatibles con la práctica de la virtud, se deslizarán tus días tranquilamente, disfrutando de una paz y bienestar, del que no tienes idea, porque sospecho que nunca en tu vida la has experimentado...

Lo primordial es que estés decidido, pase lo que pase (que no pasará nada, tenlo por seguro), a dedicar lo más pronto posible ocho o diez días de retiro..., a hacer una especie de balance general de tu existencia para apreciar serenamente lo que ha sido tu vida hasta el presente y lo que debe ser en lo futuro... Se acerca la Cuaresma...; luego, Pascua... ¿Cuántos años hará que no has cumplido el precepto pascual?