Otros autores modernos han tratado también del examen de conciencia, entre los que encontramos al P. H. Watrigant, que escribió una obra titulada La meditation fondamente evant Saint-Ignace[21], y otra, que llamó De examine conscientiæ juxta Æclesia Patres Sanctum Thomam et fratres vitæ communis.

En ambas aduce testimonios de infinitos autores, que trataron, como fundamento capital, de la doctrina católica, el examen de conciencia.

Y no sólo en lo que hace a este punto, sino en otras materias de que tratan los Ejercicios, nos encontramos con igual doctrina, expuesta por muchos Santos Padres, especialmente San Atanasio, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio el Magno, y así lo dice el P. Pedro Vogt, S. J., cuando trata de los Ejercicios, en sus obras Die Grundwahrheiten del Exercitien des heiligen Ignatius ausführlich dargeleg in Aussprüchen der heiligen Kirchenvater[22] y Die Exercitien de heiligien Ignatius ausführlich dargelegt in Ausprüchen der heiligen Kirchenvater[23].

Claro es que San Ignacio no podía inventar ni el fin del hombre ni otros dogmas de la fe, pues todo esto es común a cuantos caminan con la luz de la razón y con la revelación que Dios da a los hombres.

Lo que hizo San Ignacio fué seleccionar, escoger, adoptar estas doctrinas y acoplarlas para dar unidad, cohesión y viabilidad a la forma en que habían de hacerse los ejercicios, bajo un plan fijo, con reglas concretas, con normas seguras, a fin de poder obtener los frutos espirituales para los ejercitantes, según él lo ideaba.

En esto estriba el mérito intrínseco de este libro.

DEL NEXO DE LOS “EJERCICIOS”

Para que mejor se conozca, no sólo la unidad que el autor quiso dar a la obra, si que también la unidad de tiempo[24] en ella invertido, apuntaremos algo que pueda ser interesante al lector.

Ya hemos dicho que el pensamiento de San Ignacio fué—según el Padre Suárez[25]—abarcar todas aquellas cosas, todos aquellos conceptos, todas aquellas reglas que pudieran contribuír o conducir a la instrucción espiritual de los hombres en lo exterior y a la eterna salvación del alma en lo interior; porque no ignoraba que para alcanzar una vida espiritual se requieren dos cosas principales, a saber: la corrección de las costumbres y la unión con Dios.

Para conseguir la primera se hace preciso purgar los pecados pasados, con una frecuente confesión, y curando así poco a poco la conciencia.