Para lo segundo es menester la meditación frecuente, la oración y el ejercicio de las virtudes.

Y con estos dos elementos se puede llegar a una elección de vida recta y se instruye perfectamente el hombre en los ejercicios.

San Ignacio establece, además, los dos exámenes de conciencia, el general y el particular para mejor llegar a la perfección de vida y que deben hacerse no sólo durante los ejercicios para adquirir el hábito, sino también después, para quitar los defectos que se noten o adquirir las virtudes que se necesitan, haciendo ver cómo el examen de conciencia es siempre el mejor medio para cuidar bien del alma.

Después, para explicar cómo han de unirse las cuatro semanas, por medio de las correlativas meditaciones, pone como principio de nuestra perfección y salud espiritual la Vida de Cristo, la que hemos de procurar imitar, estableciendo grados, y, después, ir considerando los misterios sacratísimos y su vida, ya común o privada, ya pública y perfectísima, procurando imitar sus excelsas virtudes, por medio de la constante meditación y el ejercicio de aquéllas, en orden a las tres clases de humildad, y, por tanto, de los tres grados de virtud que hay en el hombre, pudiendo, de este modo, llegar a la elección o reforma de la vida.

Esto es lo que quiso exponer el autor en su gran libro de los Ejercicios y éste es su nexo, su cuerpo, su entraña.

OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO

Bien quisiéramos aportar aquí cuantas opiniones han expuesto los hombres que más han brillado por su sabiduría, virtud y santidad, acerca del juicio que les mereciera este libro de oro; mas como esta tarea la creemos superior a nuestras fuerzas, procuraremos acercarnos, lo más posible, a esta aspiración, y presentaremos aquellas que hemos encontrado más a mano. Y aunque algunos crean que bastaría aducir el testimonio de aquel Sumo Pontífice, Paulo III, que fué quien aprobó este libro, nuestra opinión no coincide con ellos, y de ahí nuestro propósito, porque queremos revestirle de la máxima autoridad, y para demostrar, además, su grandeza y su universalidad.

Comenzaremos por aducir las opiniones de los que, viviendo apartados de la Religión Católica, sin embargo, le han prodigado elogios.

El celebérrimo Tomás Macaulay[26], después de poner de manifiesto cómo este libro había sido recomendado muy eficazmente y con gran encarecimiento a todos los fieles y religiosos por el Romano Pontífice y por el Prepósito general de la Compañía de Jesús, dice que no puede menos de reconocer que los elogios que estas dos ilustres autoridades eclesiásticas le han prodigado son justos y se ve impelido a unirse a ellos. “Se ha de saber—añade—que el propio Juan Knax, príncipe de los herejes en Escocia, es de la misma opinión que el Pontífice, sin duda por estar vendido”.

Cierto pastor de la Iglesia Anglicana, llamado Orby Shipley, hizo una edición de los Ejercicios, para uso de los anglicanos[27], y en el prefacio de este libro dice que encierra un método especial y tiene una virtud y fuerza de convicción que parece mentira que por la simple razón se llegue a tan profundos conocimientos[28].