Pedro Laffite, de la escuela positivista francesa, no se ha recatado en decir lo siguiente: “Estos exercicios constituyen como un aviso y como una obra de sagacidad política y moral del individuo y que mediante un trabajo personal, solitario y prolongado se llega a ver realizado el milagro de un admirable equilibrio moral”[29].

El insigne pedagogo alemán Carlos Holl decía que no solo no perjudicaban a la propia persona y a la naturaleza humana las meditaciones de los Ejercicios, sino que más bien exaltan, elevan, sublimizan el ingenio peculiar de cada uno de los ejercitantes[30].

Estas son las opiniones de varones sabios que encontramos entre los no afectos a la ortodoxia católica.

Entre nuestros grandes escritores católicos también hay juicios que nos harán comprender las excelencias de este libro.

El gran Ludovico Blossio, abad de Lieja y honra de la Sagrada Orden de San Benito, maestro de las almas, dice que primero hizo él los ejercicios en Lovaina[31] y después dirigió otros, para los jóvenes novicios de la Orden, y, ponderando los grandes frutos espirituales que vió habían sacado todos, exclama en una carta que dirigió al P. Adrián, S. J.: “Ojalá que estos ejercicios los hubiera hecho hace veinte años, porque llegaría a la vejez con más fortaleza de ánimo. Alabemos, sin embargo, a la benignidad de Dios, que, por vos, nos ha enseñado el camino de la razón y de la verdadera vida”[32].

Y en otra ocasión dice también que esta obra “es toda oro potable, llena de jugo de sabiduría y tesoro tan precioso, que se debían dar muchas gracias a Dios por haberla descubierto en estos últimos tiempos, para gloria suya y bien universal del mundo”.

No menos entusiasmado se muestra el prior de los Cartujos de Colonia, Gerardo Haunnontano, quien dice en una carta, dirigida al P. Pedro Fabro, compañero de San Ignacio en la fundación de la Compañía, lo siguiente: “Dejad que los hombres de buena voluntad hagan estos ejercicios y veréis cómo en pocos días adquieren el conocimiento perfecto de sí mismos y de sus pecados, llorándolos amargamente y obteniendo una conversión verdadera, con ánimos para vivir en la virtud; conquistando la gracia suficiente para adquirir el verdadero amor a Dios y llegar a la consecución de una cierta estrecha amistad y aun familiaridad con Dios, por medio de una virtud acrisolada”[33].

Es de advertir que esto lo escribía sin haber practicado aun los ejercicios y sólo por conocer la obra de San Ignacio.

Poco después los hizo[34], pero no hemos encontrado documento alguno que nos revele su opinión.

El gran maestro del espíritu P. Juan de Avila llamaba a los ejercicios Escuela de celestial sabiduría.