El P. Luis de Estrada, español y general de los cistercienses, dice: “Y si tratamos de los santos exercicios, que, para provecho universal de todo cristiano, compuso y adornó el varón de Dios (Ignacio), ¿no es cosa maravillosa? Sí, por cierto. En las otras iglesias... sólo a sus feligreses procuran de informar en la vida espiritual...; pero si miramos a la santa Compañía y la fuerza con que extiende las raíces el granito de mostaza, hallaremos que son padres de novicios de todo cristiano, que vienen a sus casas. Tan de propósito ponen en razón el ánimo del oficial, y del caballero, y del eclesiástico, y del casado, procurando encerrarlos en noviciaría...”

Y más adelante, dice: “Los efectos grandes que esta medicina de los santos ejercicios ha hecho y hace en personas de diversos estados, no se pueden encarecer, ni los creerán los que no han visto, como yo, muchas ánimas recuperadas a la vida espiritual”[35].

Otra lumbrera de aquellos tiempos fué el gran San Francisco de Sales, quien se hacía lenguas de los beneficios espirituales que reportaba la práctica de los ejercicios y atribuía a ellos cuanto de bueno sentía en sí mismo[36].

De los demás autores de los tiempos modernos escogeremos uno muy valioso, el de Francisco de Hettinger, profesor de Teología en la Universidad de Würzburg (Baviera), el cual se dedicó muy especialmente a estudiar y analizar el libro de San Ignacio[37] y al que llama admirable por parecer siempre nuevo; dotado de gran unidad, revela una constancia y un cúmulo de enseñanzas, pues contiene todas aquellas que son más a propósito para hacer desaparecer los pecados, y limpiar el alma de ellos, conducirla a un grado de perfección, que pone en condiciones de ser predestinada para gozar de Dios[38].

Cuánto renombre ha alcanzado este libro lo dice aquella frase conocidísima: “Ha convertido más almas a Dios que letras tiene”[39].

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Nos parece obligado, ya que estamos en plan de aportar testimonios, aducir la opinión del propio San Ignacio, pues así como el arquitecto es el que mejor conoce las bellezas y las utilidades de la obra que ha construído, así él podrá darnos su opinión acerca de su libro.

Y no temamos que nos hable con énfasis y vanidad, porque quien está henchido de humildad y conoce su insignificancia, ha de hablarnos como cuando conversaba con Dios, con la verdad, lisa y llana.

Y la opinión de San Ignacio la encontramos en una carta que en Noviembre de 1536 dirigió al presbítero Manuel Miova, en la que, exhortándole a practicar los ejercicios, le dice textualmente: “Y porque es razón responder a tanto amor y voluntad como siempre me habéis tenido, y como yo oy en esta vida no sepa en qué alguna centella os pueda satisfacer, que poneros por un mes en exercicios espirituales... y aun offrecistes de lo hacer, por servicio de Dios N. S. os pido, si lo aueis probado y gustado, me lo escriuais y si no, por su amor y acerbissima muerte que pasó por nosotros os pido os pongais en ellos; y si os arrepintieredes dello, demás de la pena que me quisieredes dar, a la qual yo me pongo, tenedme por burlador de las personas espirituales, a quien deuo todo”.

Y, poco después, añade: