“El principal cuidado de los Sumos Pontífices fué siempre recomendar, con las mayores alabanzas, y promover con vigorosas excitaciones, todo aquello que, en gran manera, ayudase y condujese a la piedad y a la perfección cristiana.

“Ahora bien; entre los diversos auxilios de este género, reclaman lugar principalísimo los Ejercicios Espirituales, que introdujo en la Iglesia San Ignacio, llevado por cierto divino instinto.

“Porque, aunque, gracias a la benignidad de Dios misericordioso, nunca faltaron quienes, penetrando profundamente en las cosas celestiales, las propusiesen convenientemente a la consideración de los fieles de Cristo; sin embargo, San Ignacio fué el primero que, en el librito compuesto por él, cuando todavía estaba desprovisto de letras, y al cual llamó él mismo Ejercicios Espirituales, comenzó a enseñar cierto método y manera especial de practicar los retiros espirituales, por medio del cual método fuesen maravillosamente ayudados los fieles a detestar sus pecados y disponer santamente su vida, con el ejemplo de Cristo Nuestro Señor.

“Y, gracias a la eficacia de este método ignaciano, se ha conseguido que la suma utilidad de estos ejercicios, según afirmó nuestro predecesor, de preclara memoria, León XIII, esté ya comprobada por la experiencia de tres siglos..., y por el testimonio de todos los varones que más han florecido durante ese tiempo en la enseñanza de la ascética o en santidad de costumbres[50a].

“Y, además de tantos varones tan ilustres en santidad, aun de la misma familia ignaciana, que han declarado abiertamente haber sacado toda su virtud de esta como fuente de los Ejercicios, plácenos recordar, por lo que toca al clero secular, a aquellos dos luminares de la Iglesia, San Francisco de Sales y San Carlos Borromeo. El primero, para prepararse a la consagración episcopal, se entregó diligentemente a los ejercicios ignacianos, y en ellos fué donde se impuso de aquel método de vida que siempre guardó después, conforme a los principios acerca de la reforma de vida, escritos por San Ignacio en su libro.

“Por lo que hace a San Carlos Borromeo, cierto es, como afirmó Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío X[51] y Nos mismo demostramos antes de Nuestro Sumo Pontificado, publicando documentos históricos, que habiendo esperimentado en sí mismo la eficacia de estos Ejercicios, por los cuales había sido impulsado a vida más perfecta, divulgó el uso de ellos entre el clero y el pueblo. Y, entre los santos varones y mujeres de Ordenes religiosas, basta con citar, por ejemplo, a aquella maestra de altísima contemplación, Santa Teresa de Jesús, y al hijo del Seráfico Patriarca, San Leonardo de Puerto Mauricio, el cual estimaba en tanto el librito de San Ignacio, que confesó haberlo seguido siempre al ganar almas para Dios.

“Habiendo, pues, los Romanos Pontífices aprobado solemnemente, desde su primera edición, este libro, aunque de poco tomo, realmente “admirable”[52] y colmándole de alabanzas y robusteciéndole con autoridad apostólica, no dejaron, después, de aconsejar su uso derramando sobre él los tesoros de las santas indulgencias y honrándole sucesivamente con nuevas alabanzas.

“Por tanto, estando Nos persuadidos de que los males de nuestros tiempos se derivan, en gran parte, de que ya no hay quien medite dentro de su corazón[53]; y convencidos de que los Ejercicios Espirituales, hechos según las enseñanzas de San Ignacio, son eficacísimos para vencer las terribles dificultades que atormentan hoy a la sociedad humana; y conociendo bien la consoladora cosecha de virtudes que se recoge en los retiros espirituales, así entre las comunidades religiosas y sacerdotes seculares, como entre los seglares y—cosa digna de singular mención, principalmente en nuestro tiempo—aun entre los mismos obreros, deseamos, con la mayor vehemencia, que cada día se difunda más el uso de estos Ejercicios Espirituales y sean cada vez más numerosas y florecientes esas casas de piedad adonde, como para prepararse a la palestra de una perfecta vida cristiana, se retiran los fieles un mes entero, u ocho días, o algunos solamente, no pudiendo otra cosa.

“Esto rogamos a Dios por el amor de Nuestra Santa Iglesia; y accediendo Nos mismo en este año en que se celebra el tercer centenario de la canonización de San Ignacio, y el cuarto de este áureo libro; deseando, pues, dar al Santo Patriarca clara señal de Nuestra gratitud, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, que designaron los Patronos y Tutelares de otros Institutos, oídos en Consejo Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana puestos al frente de la Sagrada Congregación de Ritos, con Nuestra Autoridad Apostólica, declaramos, constituímos y proclamamos a San Ignacio de Loyola Patrono de todos los Ejercicios Espirituales, y, por tanto, de las fundaciones, cofradías y asociaciones de cualquier género consagradas a los que practican los Ejercicios Espirituales.

“Y decretamos que estas Nuestras Letras son y serán siempre firmes, válidas y eficaces, y tengan y produzcan sus plenarios e íntegros efectos, sin que valga ninguna otra cosa en contrario.