“Una vez—añade—yua por su deuoçion a una yglesia, que estaua poco mas de una milla de Manrresa, que creo yo que se llama Sant Pablo, y el camino va junto al río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empeçaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustraçion, que le pareçian todas las cosas nueuas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que reciuió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas aya tenido de Dios, y todas cuantas cosas a sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le pareçe aber alcançado tanto, como de aquella voz sola”[56].

Por lo que hace a la experiencia de la vida espiritual, el P. Palma sacó de los escritos del P. Ribadeneyra lo siguiente: “Quien considere la oración que tenía nuestro Padre en este tiempo, las penitencias que hacía (habla de cuando estaba en Manresa), la mortificación en que se ejercitaba, las tentaciones que había padecido y las victorias que había alcanzado, y las consolaciones e ilustraciones con que Nuestro Señor le visitaba, hallará que todo esto era tanto y en tan alto grado, que no solamente pudo escribir un libro tal como decimos, sino que, habiendo de escribir, no podía ser sino que el libro de este género fuese muy acabado y perfecto”[57].

Y poco más adelante dice:

“Tenía ya experiencia del consuelo interior y del desconsuelo, de la devoción y de la sequedad, de la alegría del espíritu en el ejercicio de la penitencia y mortificación, y de la contradicción y repugnancia de la carne, y, finalmente, había probado los malos espíritus que como vientos turbian el corazón del hombre; y en una borrasca, nacida de los escrúpulos, se había visto en punto de anegarse, y, con la gracia de Dios, había salido bien de todo y había cobrado ánimo y destreza de buen marinero y piloto experimentado para gobernar su navío entre estas olas y tempestades, hasta ponerle en puerto seguro por medio de la fe y confianza y conformidad con la voluntad de Dios.”

Hizo San Ignacio los Ejercicios teniendo a Dios por principal maestro, y así lo confesaba él a Consalvio de Cámara, cuando decía: “En Manresa no tuve a otro maestro que a Dios, pues no tuve otra persona que me enseñara”.

Esto los autores lo llaman con varios nombres:

Nadal: “Beneficio e instinto de Dios”[58]. Polanco: “Doctrina recibida de Dios y ungida por el Espíritu Santo”[59]. Suárez: “Gran auxilio de Dios[60], rayos de luz divina[61] y unción del Espíritu Santo”[62]. Y los jueces de la Rota, Ludovico, Manzanedo y Panfilio: “Conocimiento y luz sobrenatural infusa”[63]. Y, más adelante[64], dicen: “Estos Ejercicios están llenos de piedad y santidad y fueron hechos en aquel tiempo en que el B. Padre carecía de instrucción, por lo cual se ve que más fué conocimiento e inspiración sobrenatural infusa que adquirida por los estudios”.

El P. Debuchy dice: “Sans cette grace la composicion des Exercices reste un mystéree”, y el P. Ludovico Pastor dice que es admirable que un hombre guerrero, que tan sólo aprendió a leer y escribir, haya podido hacer esta obra, en la que presenta con tanta claridad, con tan alta doctrina y con tan gran fuerza, los distintos estados del alma. Añade que el propio San Ignacio y sus primeros alumnos se ve que fueron inspirados por el Espíritu Santo[65].

El P. Ludovico de Palma, aunque dice que no quiso Dios enseñar de súbito a Ignacio, ni le infundió por revelación la doctrina de los Ejercicios, afirma, sin embargo, que tuvo por maestro a Dios, pero fué aprendiendo no súbita, sino paulatinamente,