intentarán abatir su poder los reyes, con sus pasiones; los pueblos, con sus desenfrenos; hasta los religiosos, con su vesánica apostasía. Mas responderá, ordenando a Bramante echar los cimientos de la Basílica de San Pedro, y Miguel Angel la concluirá, poniendo por cúpula el panteón de Agripa; Rafael y Julio Romano cubrirán las paredes del Vaticano con sus frescos inmortales, y Bembo y Sadolet escribirán bellas encíclicas, dictadas por León X.

Roma veráse amenazada de su ruina total por el condestable de Borbón, que la sitia, la toma y la entrega al pillaje; pero, ¿qué importa a Roma esta nueva contrariedad? Pasan los hombres, y, como Borbón, mueren a sus puertas; pero ella está destinada a sobrevivirlos y conducir el luto de todas sus dinastías.

Ha desaparecido Rafael, y le suceden en el arte y en la gloria el Correggio y el Parmesano, el Ticiano y el Veronés, los Carrache y el Tintoreto. Tasso nos presenta el asombro de su Jerusalén Libertada. Copérnico y Galileo hacen una nueva adquisición en la ciencia de los astros. España y Portugal, en fin, dominan los mares desconocidos hasta entonces, y los más vastos imperios y el espíritu meridional, propio de la raza latina, se manifiesta en las escuelas españolas, encendiendo el alma de los Granadas, Leones, Teresas e Ignacios, que nos dejaron hondas huellas de su camino, sembrándolo de teorías filosóficas admirables y de doctrinas divinizadas.

Y aquí aparecerá nuevamente, con tan grandes paladines, todo el esplendor, toda la grandeza y toda la gloria de la Iglesia Católica, vencedora de los volterianos, de los gnósticos, de los arrianos y de todos los sofistas que pretendieron enturbiar las puras aguas de las doctrinas ortodoxas.

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Y, mientras todo esto ocurría; mientras la luz disipaba las tinieblas por doquiera, con tan maravillosa rapidez, que a veces parecía temerse que la misma luz que quería iluminar al mundo le incendiase, por su gran fuerza, aparece un hombre, “llano y sencillo, sin desaliño[92], humildísimo, sin bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado sobre todo lo terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira puesta siempre en el que siempre, sin interrupción ni mudanza, dura; gobernándose en todas las cosas, grandes y pequeñas, por razones altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los primeros movimientos de su ánimo, y, por lo mismo, manifestando sin alteración, por de fuera, la imperturbable bonanza en que su alma navegaba, sin demora, a las eternas riberas, y descollando en el hermosísimo cortejo de todas las virtudes cristianas, que siempre le acompañaba la prudencia más que del hombre, y la caridad de Dios y de los prójimos por Dios, que abrasaba en seráficos, pero apacibles ardores, su corazón, no dándole punto de reposo en procurar, con todas sus fuerzas, que Dios y el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres, fuese de los hombres conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y obedeciendo al que los crió y redimió, fuesen dichosos con la esperanza en la vida fugaz presente, y cumplidamente bienaventurados en la que nunca se acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía a los que le trataban, por más que con vigilante estudio y singular destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones que Dios había atesorado en su bendita alma.”

¿Adivináis quién es este hombre? No otro que Ignacio de Loyola, aquel espíritu grande, fuerte, vehemente, de quien dice Castelar lo siguiente:[93] “Es el sumo imperante de las almas, quien funda una religión y organiza una milicia... Extiende su Compañía desde los mares sicilianos hasta los mares andaluces, surge a un tiempo en las Indias orientales y en las Indias occidentales, penetra en el Congo y en Goa, intenta romper las murallas de la China y atravesar las costas del Japón... Al pensar que todo esto se ha intentado y concluído sin armas, sin recursos, por un hombre solo, de seguro, aunque no compartáis mis ideas, admiraréis su firme y robusta voluntad”.

Y en otro lugar dice: