Por eso los primeros sistemas filosóficos de que tenemos idea son como síntesis muy vastas y que tan sólo aspiran a dar una ligera razón e idea de las cosas, a saber: Dios, el mundo y el hombre, que tan ligados están entre sí, que no puede substraerse la consideración de uno de estos factores a los otros dos; de aquí que la inexperiencia de los pensadores primitivos hiciérales considerar cuán irrealizable es la empresa de explicarlos conjuntamente[96].
La Filosofía, con el transcurso de los tiempos, ha cedido en no pocas de sus primitivas pretensiones, aunque no por eso ha mudado su esencia, que es la de inquirir cuál es el principio que explica las observaciones y empieza donde termina la jurisdicción de los órganos corporales.
Ahora bien; no se llama filósofo al jurisconsulto que sabe interpretar las leyes de su país, ni al historiador que relata con toda minuciosidad los acontecimientos de una época, ni al poeta que con su estro poderoso ensalza el valor de los guerreros, la belleza de las damas, la gentileza de los nobles, el heroísmo de sus soldados y el acierto de los gobernantes.
Para merecer el nombre de filósofo se precisa la intuición clara y precisa y averiguar las causas íntimas, espirituales, la psicología y la ética de las acciones humanas en todos sus aspectos.
Refiere Cicerón que como aquel Rey de los flacios, Llamado León, oyese a Pitágoras discurrir, con el saber y la elocuencia en él peculiares, le preguntó qué arte profesaba, a lo que respondió que ninguno; pero que era filósofo.
“Entonces—repuso el Rey—, ¿en qué se diferencian los filósofos de los demás hombres?”
A lo que contestó Pitágoras, con gran aplomo y parsimonia:
—Paréceme que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que se celebran en Grecia para los juegos públicos.
—¿Quieres decirme qué sucede?—repuso el Rey.
—Que acuden muchos a ellas—dijo Pitágoras—por el deseo de merecer coronas sobresaliendo en los ejercicios de cuerpo; otros, para enriquecerse, por medio del comercio; otros, de más templado ánimo, no buscan aplausos, ni ganancias, sino se reducen a ser meros espectadores y a reflexionar sobre lo que pasa delante de sus ojos. Otro tanto puede decirse de todos los hombres que, pasando de otra vida a ésta, buscan en ella: unos, la gloria; otros, las riquezas; pero pocos se aplican a conocer la naturaleza. Pues he aquí a los filósofos, los amantes de la sabiduría, y en el mundo no hay profesión más bella que el estudio y el conocimiento de todas las cosas.