Todos los autores citados convienen en que el filósofo es el que procura descubrir la razón de los hechos, causas, fenómenos, etcétera; por eso lo abarca todo, pudiéndose aplicar a la Filosofía lo que Salomón decía de la sabiduría[105]: “Hay en ella un espíritu de inteligencia... que todo lo ve y que a todas partes alcanza a causa de su pureza”.

San Agustín dice: “Los más señalados y aplaudidos filósofos, cuyo nombre, si le interpretamos en idioma castellano, indica evidentemente, ser amantes de la sabiduría; y si la sabiduría es Dios, que creó todas las cosas, conforme a lo que enseñó la autoridad divina y la misma verdad, el verdadero filósofo es el que ama a Dios (porque no son, ciertamente, amadores de la verdadera sabiduría los que se llaman filósofos)”[106].

Aplicado, pues, este concepto a nuestro Santo Fundador bien puede decirse que fué filósofo, porque él estudia a Dios como criador[107], al mundo, cuando habla de las criaturas[108], y al hombre, cuando analiza su fin[109].

Y como si esto no bastara, para reforzar sus argumentos, no sólo apela a la lógica, por medio de su raciocinio, sino que, valiéndose de la fe y de la razón[110], esgrime también la moral y la historia[111], según Proudhon, enseñando al hombre en los Ejercicios Espirituales el camino de la verdadera ciencia, que se encierra en el conocimiento de los tres fundamentales principios; pone ante él la virtud[112] como espejo para que en ella se mire y, conociendo su hermosura, la ame y desprecie la superstición, el vicio, el pecado[113].

Conforme con la definición de los dogmatistas, San Ignacio investiga los principios primeros, puesto que analiza a Dios como creador[114] y como único fin del hombre[115], pues si creó a las demás criaturas[116] fué para que le ayuden a conseguir su fin.

Pero no se contenta con filosofar sobre todas las cosas que conoce, sino que quiere participar de la ley común para que la luz que difunde en derredor suyo ilumine también el centro de que proceden sus rayos con aquel lema de: “Ad majorem Dei gloriam”.

Se llama filósofo a San Ignacio porque trata de los medios de conocer qué debemos a la Providencia: como es el haber dado al hombre un cuerpo y un alma, facultad de conocer lo cierto y querer lo bueno, enriqueciéndole de entendimiento para conocerla, de voluntad para amarla. El que no lo entienda y piense no tener dueño o superior, es un necio.

Además, al abrir las obras de muchos filósofos, nos encontramos con grandes contradicciones en sus ideas, exposición o sistema, y de ahí que se menoscabe el concepto que se tiene de la Filosofía. Porque unos niegan la existencia del Universo, como Barcley, Hume, etc., y otros, la de su propio individuo.

¿Qué significan, si no, esa multitud de opiniones, opuestas entre sí, que pretenden haber dado cada una con la verdad a que todas aspiran? Pero, bien fácil es la explicación. La mayoría parten de bases falsas, pues, mientras Locke dice que todas las ideas nos vienen de los sentidos, Descartes sostiene que todas las ideas se forman en el entendimiento; mientras los escépticos afirman que no hay principios primeros, los dogmatistas aseguran lo contrario; mientras Hume mantiene su teoría de que las ideas de causa y substancia, son quimeras, Kant define las ideas de causa y de substancia, concebidas necesariamente por el espíritu, y mientras éste prueba que existe el espíritu, Hume lo niega rotundamente.

El monoteísmo cree en un Dios; el politeísmo, en muchos dioses; el panteísmo dice que todo es Dios; el ateísmo niega su existencia; el mahometismo opina que no hay más que un Dios, y el cristianismo cree en un sólo Dios, con tres personas; el magismo supone dos personas o hipóstasis en Dios; el gnosticismo, en fin, defiende que hay cuatro, siete, diez, etc., personas en Dios.