Es decir, que en lugar de ese concierto armonioso que suponíamos reinaba en el templo de la sabiduría, llega hasta nosotros el rumor bien acentuado de los que disputan entre sí, sin llegar a entenderse; creíamos encontrar en la Filosofía el orden y nos hallamos, de manos a boca, sumidos en un caos.

Todo esto tiene una explicación natural: primero, porque la senda seguida por muchos entendimientos ha obedecido a circunstancias particulares en que se ha visto cada uno de los filósofos y del deseo de reducir los conocimientos adquiridos a una unidad; y, segundo, porque, aun buscando todos la verdad, no han logrado encontrarla por seguir derroteros nada propicios para dar con ella.

He aquí por qué San Ignacio es filósofo.

Él supo beber en la fuente única de la verdad; él siguió la verdadera senda; él miró de hito en hito al horizonte y vió el cenit de todo saber y, siguiendo con la mente y con el corazón al sol de la fe y de la razón, llegó hasta el nadir, donde se encontró con la Verdad única, la razón inconfundible de todo lo existente, el principio y fin irrefutable y única fuente de la sabiduría.

Por eso San Ignacio no es sólo filósofo, sino GRAN FILÓSOFO, pues llega, en su intuición, en su raciocinio y en su demostración hasta donde pocos filósofos han llegado; al summum de la sabiduría, que es conocer, amar y poseer a Dios.

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Pero hay más; el Santo Fundador manifiesta bien claramente, y a pesar de lo rudimentaria de su educación intelectual, la intuición que posee de la belleza suprema, puesto que considera cómo la perfección es complemento de aquélla.

El bien no sólo se revela a la conciencia por la voz del deber, sino también a los sentidos por medio de la belleza: “He de amar y temer a Dios, que me ha sacado de la nada... Mi fin último es ver y poseer a Dios. Ser feliz con la misma felicidad de Dios; habitar eternamente en los palacios de la gloria; gozar de la vista clara del Señor, arrebatado y transformado en Él, por maravillosa manera e inefable unión[117].

Así demuestra conocer lo sublime y lo bello, porque participa de la naturaleza de lo infinito.

La belleza, muchas veces, se reviste a nuestros ojos con apariencias sensibles, pues que la sublimidad deja en el alma cierto abatimiento que, indudablemente, nace de esa dificultad que sentimos al quererla representar, por medio de imágenes, la idea de lo infinito. Así se ve que, cuando muchos escritores quisieron vencer este obstáculo, cayeron en lo grotesco.