Véase, si no, cómo cierto compilador del Talmud quiso representar la inmensidad de Dios: “Los ojos distan trescientas mil ochocientas millas el uno del otro; cada uno de sus pies comprende treinta mil de estas millas; cada milla divina tiene cien mil varas divinas; cada vara, cuatro palmos, y cada palmo es como el diámetro de la tierra (¡!)”[118].

Como se ve, a pesar de la buena intención del pintor, no da una idea de la imagen del Supremo Hacedor, ni siquiera de su grandeza, porque los sentidos no encuentran en ella la representación material de la idea de lo infinito.

Los vedas describen así al Autor del Universo: “El Ser Supremo, único, no se mueve, aunque sea más rápido que el pensamiento; porque los dioses mismos no pueden alcanzarle: no se deja percibir por los órganos primitivos de la sensación: es superior a los otros órganos de la inteligencia: permanece inmóvil; y durante este tiempo, después de medir la extensión y el espacio, establece el sistema de los mundos. Él se mueve y no se mueve: está en todas partes y fuera de ellas”[119].

Y en otro lugar dicen: “Debemos representarnos al gran Ser como dueño soberano del Universo, como más sutil que un átomo, tan resplandeciente como el oro más puro y de manera que el espíritu puede concebirlo en el sueño de la contemplación más abstracta”.

Alejandro Dow, comentando estos pasajes de los vedas, dice:

“—¿Qué concepto ha de formarse de Dios?

“—Que siendo inmaterial, es superior a toda concepción: que siendo invisible, no puede tener forma; pero, según lo que vemos en sus obras, podemos inferir que es eterno y todopoderoso, que conoce todas las cosas y que en todas partes está presente.”

Los bracmanes conciben así a Dios: “Nada hay más allá del Ser Supremo: es el límite, el último término de la senda..., oculto en todos los seres, en ninguna parte aparece este espíritu, pero los hombres, cuya vista penetra hasta el principio sutil, saben reconocerle con su inteligencia perspicaz, que permanece fija en un punto único... La divinidad carece de oído, de tacto, de gusto, de forma y de olfato; no puede perecer; no tiene principio ni fin; es inalterable”[120].

Fray Luis de León dice: “Dios está junto con nuestro ser, aunque muy lejos de nuestra vista, por lo cual fué conveniente hiciésemos algún nombre, y en el entendimiento alguna figura suya, aunque ella sea obscura e imperfecta[121], que San Pablo la llama enigmática[122]...” Y, después, añade: “Cuando decimos que Dios tiene nombres propios, no decimos que sean cabales e iguales: para que sean propios basta que declaren de las cosas que son propias y aquélla de quien se dice alguna de ellas: mas si no las declara todas enteramente, no será igual. El nombre de Dios no le iguala, como tampoco le podremos entender como quien él es entera y perfectamente. Porque lo que dice la boca es señal de lo que se entiende en el alma; y así no es posible que llegue la palabra adonde el entendimiento no llega: esta es la razón por qué a Dios se dan muchos nombres; su misma grandeza y los tesoros de sus perfecciones riquísimas y, juntamente, la muchedumbre de sus oficios y de los demás bienes que nacen de él y se derraman sobre nosotros, el Espíritu Santo, que conoce la angostura y estrechez de nuestro entendimiento, no nos representa toda junta aquella grandeza, sino como en partes nos la ofrece, diciéndonos algo debajo de un nombre y debajo de otro nombre, otra cosa, otras veces; de aquí el llamarle la Escritura, león, cordero, puerta, camino, pastor, sacerdote, sacrificio, esposo, vid, pimpollo, príncipe de paz...”[123].

Examinadas todas estas definiciones de la idea de Dios, se ve que en ninguna llega la palabra adonde el entendimiento.