Y es que, según la concepción de casi todos ellos, el Ser infinito supone estar en todas partes; mas la idea de estar supone, asimismo, ocupar una porción del espacio, tener extensión, y, como ésta es incompatible con la idea de Dios, se añade que está en todas partes, pero fuera de ellas.
El hecho es natural; pues aunque la inteligencia humana alcanza hasta lo absoluto, por medio de la intuición de esa belleza, pero no puede reducirlo hasta los términos de sus concepciones ordinarias, porque ocultándose a sus ojos el primer eslabón de la cadena, aunque los otros eslabones que ve no le dejen dudar de su existencia, ha de contentarse con la idea por él concebida.
“Más allá de los cielos, el Rey de los cielos reside”, dijo Voltaire, y Alberto Haler añade: “El pensamiento, millares de veces más corredor que el viento, más ligero que el sonido, más rápido que el tiempo y más veloz que las alas mismas de la luz, se fatiga en vano por alcanzarle, y aun desespera de poder jamás tocar sus fines”.
Como se ve, pues, el personificar la idea de Dios en la mayoría de los casos es rebajarla, porque ninguna personificación se acerca siquiera a Aquél cuya esencia es el carecer de términos que le circunscriban.
San Ignacio, en cambio, ha acertado a darnos en unas simples pinceladas la idea perfecta de esa belleza, intelectual y moral, de Dios, con estas lacónicas pero expresivas palabras: “Con plenitud y perfecta posesión de todos los bienes y delicias, sin mezcla de mal alguno...[124]. Dios es principio y fin de todas las cosas...[125]. Es justo..., misericordioso..., sabio y santo...[126]. Creador y Señor de los hombres...[127]. Rey de gloria inmortal y eterno...[128]. Dios infinita sabiduría..., infinito poder..., infinita santidad y justicia..., bondad por esencia”[129].
¿No se ve en estas frases y en estas definiciones pinceladas de maestro que dan perfecta idea del Ser Supremo?
Y es que Ignacio, intuitivamente, veía a Dios, sentía al Ser Supremo tal cual era y con la palabra llega a la mayor perfección en la expresión de la idea de lo infinito, de lo bello y de lo eterno, sin rodeos, sin subterfugios, sin adornos retóricos, sino tal como lo sentía, sencillamente, que es la mayor elocuencia de la Filosofía.
Por eso pueden calificarse esas descripciones de Ignacio de sublimes, pues se acercan a lo infinito y las concebimos sin dificultad, porque las vemos reducidas a los límites de la criatura, y así se ve, al propio tiempo, cómo el hombre se engrandece a medida que participa más de la divinidad.
Ya lo dijo San Pablo: “Habetis fructum vestrum in santificationem, finem vero vitam æternam”. Habiendo sido hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la Santificación y por fin la vida eterna[130].
Y el Santo filósofo nos aconseja: “Hacer la voluntad de Dios en presencia de Dios y conversar con los hombres, sin perder la familiaridad con Dios, y trabajar en lo de fuera sin perder el descanso y quietud del corazón: de manera que a la presencia de Dios se añada el poner por obra y en ejecución la voluntad de Dios”[131].