Por eso dice un ilustre pensador que el filósofo no debe ceñirse a señalar tan sólo la diferencia que existe entre los principios racionales y los otros principios, sino que es preciso que, estudiando la índole de los unos y de los otros, muestre que los primeros son, por decirlo así, las palancas del entendimiento, los medios inexcusables, únicos, de que se sirve para levantar el edificio de la ciencia.
Al hablar de este modo es porque queremos demostrar cómo también en el libro de los Ejercicios Espirituales hay verdades psicológicas cuya fuerza incontrastable verá quien observe cómo su autor va caminando con gran mesura y parsimonia por todas esas piedras angulares que hemos dado en llamar así, verdades psicológicas, y que son, como al principio decimos: razón, reflexión, comparación y juicio, formando así las ideas y los razonamientos para llegar a las conclusiones más lógicas y más fundamentales.
¿Acaso no vemos en la meditación de los tres pecados cómo razona y reflexiona sobre los males sin cuento que ha traído a la humanidad, por la rebelión de los primeros ángeles, por la insumisión de nuestros primeros padres y por la propia soberbia del hombre cuando infringe sus mandatos, comparando la bondad del Creador con la maldad de las criaturas, emitiendo el juicio condenatorio de los actos de éstas y poniendo de manifiesto las consecuencias lógicas o conclusiones naturales y divinas de estos actos rebeldes, como es el castigo de los culpables?
Pero, es más. No contento el Santo filósofo con edificar así, sobre base sólida, va más allá y pone de manifiesto todas aquellas sensaciones que encarnan perfectamente en los estados psicológicos del hombre, cuales son: la de confusión, temor, arrepentimiento, admiración; suplicio de la memoria, suplicio del entendimiento y suplicio de la voluntad[134], dolor por haber ofendido a Dios, propósito de no volverle a ofender con las cualidades de este propósito, que ha de ser sumo, firme, universal, sobrenatural y eficaz, confusión y vergüenza interior, y, por último, la satisfacción[135], facetas todas del alma, o, mejor dicho, propiedades de ella, con lo cual nos demuestra, además, que en nosotros hay esa substancia, ese sujeto en el que se verifican esas sensaciones y esos actos del entendimiento y de la voluntad, sin que se pierda la identidad del yo, único modo de explicar cómo nos hallamos uno idéntico en medio de las mudanzas y a pesar de las variedades que tales estados de ánimo producen.
Con ello, también, afirma de una manera rotunda la substancialidad del alma; porque si ésta no fuera más—según muchos pensadores—que una serie de fenómenos que no residieran en un mismo sujeto, dicho se está que éstos no dejarían tras sí ninguna huella.
Con la substancialidad del alma, en cambio, se explican los fenómenos de la unidad y continuidad de la conciencia.
Si no hubiera en nosotros nada permanente, nuestras afecciones todas y todos nuestros pensamientos no formarían sino una serie de hechos sin vínculos de ninguna especie, ni habría memoria, ni unidad de conciencia, ni reflexión sobre ninguno de nuestros actos internos, ni siquiera podríamos percibirnos, porque no habría el sujeto percipiente—al decir del insigne Balmes—y cada fenómeno sería tan extraño al otro como un pensamiento de un hombre lo es al del otro[136].
San Ignacio nos pone de manifiesto, clara, palpable y lógicamente cómo el alma humana se desenvuelve en el ente por medio de esas afecciones, de esos sentimientos, de esos actos, en fin, que llegan a realizarse con unidad de criterio, como consecuencia unos de otros, con perfecta homogeneidad, como salidos de un mismo centro y de una heterogeneidad también perfecta por responder a diversas sensaciones.
El alma es el centro de todas las operaciones espirituales—nos viene a decir el Santo filósofo en los pasajes que hemos apuntado antes—y aun intelectuales, y de ella, como el sol difunde el calor, la luz y la vida a los seres todos de la creación, irradian y dimanan esos sentimientos de dolor, arrepentimiento, confusión, temor, admiración, suplicio de la memoria y del entendimiento, alegría y felicidad ante la perspectiva de la bienaventuranza eterna y otros estados psicológicos que experimenta nuestro ser según consideremos los sufrimientos y las alegrías de Jesucristo en su vida, muerte, resurrección y gloria.
Nos demuestra, además, con todo esto, que el alma, como simple que es, no tiene partes, y, así, vemos que nuestro pensamiento es único, aunque tome distintos rumbos, y el ser que piensa en nosotros es el mismo que siente, sin romper la unidad de conciencia, antes por el contrario, robusteciéndola, confirmándola.