¿No vemos cómo nos pone en claro la pena del pecado y el premio a la virtud, después de hablarnos de lo que es la génesis de la flaqueza humana y de la grandeza de la divina gracia, abstrayendo estas dos grandes concepciones en aquellas dos conclusiones irrefutables e inmanentes?

¿Es que no nos pone de manifiesto, cuando nos habla de penas y castigos, de premios y mercedes, lo que es la eternidad?

¿Acaso no nos da una idea perfecta, clara y concreta de la grandeza y generosidad de Dios, que, siendo tal, bajó a este mundo y se hizo carne, padeciendo por nosotros en su vida, en su pasión y en su muerte?[140].

¿Y qué decir del inmenso amor a los hombres, cuando nos habla de la institución del Santísimo Sacramento, como si no hubiera sido bastante el padecer y morir por nosotros?

San Ignacio, pues, abstrae para ser más claro, y en cada parábola que estudia, cada pasaje de los sagrados libros que analiza nos presenta como abstracción concreta las ideas de misericordia, de santidad, de justicia, de bondad, de infinito poder, de sabiduría suma, de amor ilimitado, haciéndonos comprender que debemos de acordarnos de nuestras postrimerías, para no pecar nunca[141], y que debemos hacer de la necesidad virtud, para mejor vivir, no sea que con el espanto del morir se junte en nosotros el temor y espanto de la eternidad[142], sacando como consecuencia y resolución franca y generosa la de entregarnos a Cristo y aborrecer el mundo y sus vanidades: surgam et ibo ad patrem meum. No se puede exigir ni más abstracción, ni más claridad en el análisis de todas las verdades eternas y como síntesis de ese libro de oro.

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Recapacitando, pues, en la brevedad de nuestra existencia, en la limitación de las facultades del alma y en las necesidades que, de continuo, nos aquejan, debemos de sacar de todo esto la consecuencia de que no debe huír la confianza de nuestro corazón, porque, de ocurrirnos esto, seríamos los seres más miserables de toda la Naturaleza, sino que, por el contrario, debemos de luchar con más fe, con más ardor, con más vehemencia.

A propósito de esto, nos recuerda nuestro filósofo la parábola el Rey eternal, Jesucristo, en que invita a todos a conquistar su Reino: “Hijos míos: seguidme todos en esta empresa y conquista del Reino de los Cielos, destino del hombre, región de paz y de felicidad. Yo voy delante; yo, por animaros, sufriré cansancio, hambre, sed y toda suerte de privaciones y penalidades; trabajaré de día, sufriendo los ardores del sol, velaré de noche por amor vuestro. Yo seré el primero en pelear y recibir los golpes y heridas del enemigo; mas todo el fruto será para vosotros. Ánimo, pues, con verme a Mí, seguros de la victoria, victoria completa y despojo riquísimo, porque para cada uno de los que sean fieles y valientes tengo guardado un reino, si bien el galardón será correspondiente a los servicios, y tanto mayor y más crecido, cuanto con más ánimo luche cada cual cerca de mi persona y a semejanza mía.[143].

La Providencia ha formado todas las cosas con una sabiduría y una previsión tal, que no puede menos de admirarnos más cada vez que con detenimiento las contemplamos.

Queriendo que los hombres se amasen los unos a los otros como hermanos[144], infundió en sus corazones mil afectos, que son como otros tantos lazos que les unen entre sí; formó nuestra alma de manera que el espectáculo de las miserias ajenas despertase en nosotros el sentimiento benéfico de la compasión, y para mostrar que nacimos para amarnos unos a otros quiso que el hacer el bien fuese para nosotros origen de fruiciones que exceden a todas las que somos capaces de gozar.