La tesis filosófica de sus Ejercicios se desprende per se, espontáneamente, en virtud de los razonamientos que aduce y de las consecuencias lógicas que deduce; así es que podría llamarse a su Filosofía: natural, científica.
Porque él, al igual que todos los Padres de la Iglesia, resuelve idénticamente las grandes cuestiones de la Filosofía, cuales son: Dios, el hombre y el mundo, esto es, siguiendo, única y exclusivamente, la doctrina de la Iglesia, ayudado de la fe y de la razón e impulsado por la inspiración superior.
Por eso, al hablar nosotros de la Filosofía escolástica, de San Ignacio, queremos referirnos más a la forma que al fondo, más al método que a la doctrina, puesto que la doctrina fundamental acerca de los tres puntos capitales antes citados, trinidad única de esta Ciencia augusta, es una sola e igual para todos: la que enseñó Jesucristo, y ha perpetuado su Iglesia con la fe, columna y único firme sostén de la verdad católica.
Ahora bien; como en el libro de San Ignacio encontramos muchos puntos de contacto con otros grandes filósofos, he aquí por qué hemos dado en llamar su Filosofía escolástica.
Desde luego nos encontramos con que, al reconocer la pequeñez del hombre, remeda la frase socrática: Sólo sé que no sé nada, con aquella otra del Apóstol: Hazte ignorante, para ser sabio[148]; porque si el único fin del hombre es salvar su alma, y no sabe hacerlo, ¿qué sabe?
Además, los que se burlan de Dios[149], de la Religión y de la Moral, encuentran un freno y una gran lección en los Ejercicios, como la encontraban en la doctrina de Sócrates los sofistas.
Este, dejando a un lado la consideración de los demás, ponía la perfección de la Filisofia en el conocimiento y culto de la Divinidad[150], en el arreglo de la conducta y en prepararse para recibir, en otra vida, el premio de las buenas acciones.
Nuestro Santo, también aparta la Filosofía; es decir, no habla con énfasis filosófico, pero enseña que la perfección de todos estriba en el conocimiento de Dios y de sí mismo, haciendo ver la diferencia que existe entre Dios y la criatura[151], poniendo de manifiesto cómo se debe dar culto[152] y amar a la Divinidad[153], arreglando nuestra conducta por medio de una confesión general, previa la práctica de los Santos Ejercicios, o de una confesión general, y ateniéndose después a las reglas de discreción del espíritu, para llegar, por medio de la penitencia, arrepentimiento y devoción, a recibir, en la otra vida, el premio de las buenas acciones[154].
Se dice de Sócrates que, de tal modo se concentraba en la meditación de las verdades morales, de la suerte del alma en la vida futura y sus relaciones con la divinidad, que algunas veces caía en la ilusión de creer que eran inspiraciones de un genio los productos de su viva fantasía y reflexión profunda.
San Ignacio, en cambio, para escribir sobre las verdades eternas en su libro de los Ejercicios, era asistido por el Divino numen, pues ya hemos dicho en otro lugar[155] cómo le inspiraba la Santísima Virgen, no siendo aquel fruto de una inteligencia cultivada, ni siquiera de una viva fantasía, porque carecía de estas cualidades; y si acaso la reflexión era profunda, no hubiera alcanzado, sin embargo, el grado de perfección, ni la altura en sus concepciones y razonamientos que se demuestran en él y en los puntos que se refieren a todas las verdades eternas, a los misterios de nuestra religión augusta, a los tesoros de bondad[156], sabiduría y amor que Dios guarda para los hombres, así como a lo fácil que puede ser la virtud[157], a pesar de lo flaco de nuestra naturaleza[158] y lo odioso que debe ser el pecado, aun pareciéndonos más deleitable, siendo más fácil cometerle, y lo pernicioso que es para nuestra alma[159].