San Ignacio aparécesenos cual otro Moisés, que, descendiendo del Monte Santo, trae entre las manos la Ley de Dios, y envuelto en resplandores asombró al pueblo hebreo.
Porque, ¿qué son los Ejercicios sino la explicación clara, sintética y filosófica de ese admirable Decálogo por el que han de regirse los hombres, si quieren vivir en santa calma?[160].
¿Y no irradian los resplandores de esta obra por todo el mundo y alumbra a los pueblos todos, como el candelabro sobre el celemín, de que nos hablan los sagrados libros?
El método de Sócrates era enemigo de cavilaciones, dirigiéndose tan sólo al buen sentido de los oyentes, empleando la forma de diálogo, casi siempre, que aproxima la discusión filosófica al trato común de la vida.
Bien palpablemente vemos cómo nuestro Santo Fundador escribe para que todos entiendan y sientan lo que dice, y, muchas veces, también, predomina el diálogo en sus meditaciones, pues de este modo parece que llega más pronto al convencimiento del lector u oyente.
Así como en tiempo de Sócrates no faltaban filósofos que, enorgullecidos de su ciencia, despreciaban el sentido común, y el Maestro les enseñaba con su ejemplo, que no es buena la filosofía que se pone en contradicción con las ideas y los sentimientos humanos, así, también, en tiempos del Santo (como en los nuestros) había muchos hombres que, hinchados por la ciencia, no sólo desprecian la fe y el buen sentido, sino que se burlan de ellos[161] teniendo como norma su propia razón y sus propias pasiones[162].
Pero, San Ignacio enseña también poniendo por delante aquella frase del Maestro Supremo: opéribus crédite, que tan sólo en el bien obrar y en dejarse guiar de la fe santa está la verdadera sabiduría[163] y la suprema virtud[164]; pues, si nos creó[165], nos dió un alma espiritual[166] para su gloria[167], entregándonos el señorío de todas las cosas creadas[168], poniéndolas bajo nuestros pies[169].
“De donde procede que el que quiere morir sin penitencia de sus pecados, virtualmente quiere permanecer en ellos para siempre y ser castigado para siempre[170]; mas si hiciere penitencia, ¡cuan dulces son las palabras de nuestro Divino Salvador: Yo os aseguro que en el Cielo habrá gozo por cualquier pecador que haga penitencia[171]. Porque, además, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?[172]. Y los que así no obran, yerran, equivocan el camino”[173].
El Maestro de la Escuela socrática, sin consignar principios generales, sin establecer teorías, se dirigía a sus oyentes haciéndoles algunas preguntas. Según la respuesta, preguntaba, de nuevo, excitando y dirigiendo la reflexión del discípulo, hasta que le conducía a la verdad deseada; con lo cual conseguía que el amor propio no se sintiese humillado teniendo que recibir doctrinas ajenas, antes experimentase una complacencia al ver cómo salían de su propio seno las verdades que aprendía.
San Ignacio, en cambio, consigna los principios generales[174]; no establece teorías, pero sí aconseja reglas[175] generales; emplea la pregunta y la respuesta[176] porque, de esta manera, persuade más y raciocina.