¿Cómo Dios me ha sufrido hasta ahora? ¿Cómo los ángeles, ministros de su justicia, no me han exterminado?... El sol, ¿cómo no me abrasa con sus rayos? ¿Por qué me alumbra? ¿Cómo los cielos me han conservado con sus influencias? ¿Cómo el aire me ha dado respiración? ¿Cómo el agua me ha refrigerado? ¿Cómo el fuego no me consumió? ¿Cómo la tierra no se abrió para tragarme? ¿Cómo los demonios no han arrebatado mil veces al infierno mi alma?[182].

Repetidas veces hemos aludido a las meditaciones del infierno y de la gloria, en que trata de los castigos y premios de la vida futura, así como de las que se refieren a la existencia de Dios, y en las que prueba que en Él están la sabiduría[183], la plenitud del ser, la Unidad y en quien se encierran el origen, el principio y el vínculo de todas las cosas.

Y que la virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios, nos lo demuestra en todos los Ejercicios, y especialmente en el lema que le sirve de escudo, a saber: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y, mediante esto, SALVAR SU ALMA”.

Y, si por acaso, continuáramos analizando otras escuelas, nos encontraríamos con que el Santo tiene muchas y grandes concomitancias con San Agustín, con Séneca, con Aristóteles, con Cicerón, con Santo Tomás y otros muchos filósofos que crearon escuelas e hicieron sistemas.

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Mas no sólo entra en nuestro ánimo presentar al Santo Escritor asentando verdades filosóficas tan básicas y tan importantes, para rebatir doctrinas iconoclastas, sino que nos proponemos demostrar cómo dió la batalla para rechazar aquellas ideas que no están en armonía ni en consonancia con la fe y la razón, en cuanto afecta a las cuestiones de Moral y de Religión.

Así vemos cómo refuta las ideas de Anaxímenes, que sostenía como principio de las cosas al aire y al infinito[184]; de Anaxágoras, que defiende, como principio de las cosas, las partículas semejantes[185], pues así como el número—razonaba—se compone de partes tenuísimas, así el mundo fué compuesto de corpúsculos semejantes entre sí. Preguntado para qué había nacido, respondió que para contemplar el sol, la luna y el cielo; a Aristipo, que ponía como último fin del hombre el deleite y decía que nada hay bueno o malo por naturaleza, sino por ley y por costumbre; a Pitágoras, que enseñó como principio de todas las cosas la Unidad, y de ella procede la dualidad; que el alma es una partícula del éter; a Heráclito, quien defendía que todo procede del fuego y en él se resuelve todo; a Lemipo, que decía: “Todas las cosas son infinitas y se transmutan entre sí. Los átomos son el principio de las cosas”. Demócrito enseñaba que el átomo y el vacío son el principio de todas las cosas; todo sucede por necesidad, que es el principio en el cual se engendra todo[186].

Esto en cuanto a los filósofos de la antigüedad.

Si pasamos a épocas subsiguientes, nos encontramos a los pitagóricos, que si admitían una gran unidad de la cual dimana el mundo, sin embargo, consideraban éste como un conjunto de otras unidades subalternas y afirmaban que nuestra alma es un número; a los sexófanes, quienes reducían su doctrina a la idea grosera y poco científica de considerar al mundo como un todo, vivificado por un alma, negando, por ende, la creación y hasta la producción[187].

También encontramos en el transcurso de esta investigación científica a Parménides, discípulo del anterior, quien consideraba al mundo como un todo, y afirmaba que el fuego era el que había formado la tierra y lo que lo movía; a Zenón de Elena, que desenvolvió la doctrina de Parménides, pero valiéndose de la dialéctica, instrumento bien poderoso en el terreno de las cavilaciones.