Negaba la existencia de la materia, del movimiento y del espacio y cayó en un círculo vicioso, cual era el decir que no hay variedad porque todo es uno; todo es uno porque no hay variedad.

Como vemos, hasta lo que dejamos analizado, el nervio de todas las escuelas filosóficas ha sido el estudio de la creación del mundo y de su formación, dándose definiciones bien extrañas y faltas de razón.

Todas ellas las refuta nuestro Santo con estas sencillas frases: “Dios sacó todas las cosas de la nada y creó al hombre; compaginó este cuerpo, prodigio en su composición y estructura y me dió esta alma espiritual a imagen y semejanza suya, y con su aliento la infundió en este cuerpo de barro[188], y como ab æterno es infinitamente felis, el alma también es eterna.

Como refuta el ex nihilo nihil fit de la nada, nada se hace de los epicúreos[189].

Y, si continuamos el análisis de escuelas, teorías y métodos, aunque los hallemos bien distintos, no nos sorprenderá verlos refutados por nuestro filósofo.

Porque, si miramos a la escuela cirenaica, que proclama como único fin del hombre la felicidad, que consiste, según aquélla, en los goces del placer, varémosle que, indignado, condena esta teoría, diciendo: “La misma razón prueba que ni fué, ni pudo ser creado el hombre sino para Dios, prueba que las demás cosas se han de referir a Dios[190].

Y en otro lugar dice: “El alma del condenado tendrá presente los bienes y delicias, los goces y los placeres de su vida pasada, y su recuerdo le afligirá... Todo pasó para mí, exclamará...[191]. ¿De qué me han aprovechado? ¿Quid nobis profuerunt? Me he condenado por cosas que nunca satisficieron la sed de mi alma, ni llenaron cumplidamente los deseos de mi corazón. Ergo errávimus. Me he equivocado.”

Y más adelante: “De todas las acciones, de todas las palabras, de todos los pensamientos se ha de dar muy estrecha cuenta sin exclusión de un solo momento, desde que empezó el uso de razón hasta la última hora de la vida... ¡Cuántos motivos de acusación en cada vicio, contra cada virtud!... ¡Cuántos delitos, cuántos placeres recordados!... Pasó la vida en cometer maldades, y de sus obras depende la muerte que le ha de caber[192].

Por último: “¡Qué reproches y denuestos se dirigirán el cuerpo y el alma de los malos! ¡Cómo se volverán contra sí! Maldecirán, el cuerpo la condescendencia del alma, y el alma los apetitos del cuerpo: éste porque el alma no le rigió según su deber, y ésta porque el cuerpo quiso vivir como las bestias, sin sujetarse a ley ni freno[193]. Mas ya no hay remedio, el Juez omnipotente pronunciará, con ceño severísimo, la terrible sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. ¿Qué pensaré entonces de las cosas de este mundo? ¿En qué concepto tendré entonces las riquezas, los honores y los placeres? Desaparecieron como humo no dejando mas que rubor y pesar de haberlas amado[194].

¿Hay argumentos más irrefutables, razones más poderosas, teoría más fundamental que ésta para rebatir a estos partidarios de la escuela cirenaica?