Pues lo mismo se puede aplicar a los pirrónicos, que defienden, igualmente, la teoría del placer.

¿Y qué decir de la doctrina de los epicúreos, que reducen la vida futura a la nada, siendo la muerte el fin de todo?; ¿qué de los estoicos, cuyo Dios es el fuego, cuya alma es una centella de ese fuego, sin libertad ni vida futura?; ¿qué de los eclécticos, quienes confunden todas las doctrinas, sin encontrar la verdad?; ¿qué de los neoplatónicos, quienes afirmaban que de los dogmas cristianos nada había que les hiciera dignos de ser considerados como religiosos, sino como temas de estudios filosóficos?

Los protestantes mantenían, también, la doctrina de la justificación por los solos méritos de Cristo y sin la eficacia de las obras.

Los alumbrados y quietistas defendían la idea de la contemplación pura en que, perdiendo el alma su individualidad, abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de perfección e irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces, no es pecado, herejías éstas que son como el resumen de las mantenidas desde los tiempos de los bracmanes o gimnosofistas de la India, pasando por los budhistas, por la escuela neoplatónica, hasta los Nicolaítas, Cainitas y Adamitas.

Y como nota saliente habremos de hacer mención de una congregación secreta que, en 1529 se descubrió en Toledo, llamada de alumbrados y dexados, cuyos miembros eran, casi todos, ignorantes, analfabetos e idiotas.

El cronista Alonso de Santa Cruz nos dice[195] que su doctrina era una mezcla de luteranismo, quietismo y de iluminismo fantástico.

He aquí sus errores principales:

Afirmaban que no había infierno.

Que el Padre había encarnado con el Hijo y que en la bienaventuranza había fe, y los que lloraban sus pecados eran propietarios de sí mismos.

Decían que no eran necesarios los actos exteriores de la adoración, pues era una imperfección... Las obras que se hacen con fe, esperanza y caridad no son por amor a Dios, sino por propio interés. Vedaban la meditación de Cristo. Sostenían que Dios viene más directamente al alma humana que a la hostia consagrada; que la suma perfección no estaba en servir a Dios, ni en guardar sus mandamientos, ni en hacer penitencia, y, entre otros muchísimos errores más, sostenían que aunque no hubiera pecado Adán, no habría entrado nadie en el Cielo, si no hubiese nacido el Hijo de Dios.