Y los caciques dijeron que les parece muy bien aquella gran Tecleciguata, y que se la diesen para tener en su pueblo, porque á las grandes señoras en su lengua llaman tecleciguatas. Y dijo Cortés que sí daria, y les mandó hacer un buen altar bien labrado; el cual luego le hicieron.

Y otro dia de mañana mandó Cortés á dos de nuestros carpinteros de lo blanco, que se decian Alonso Yañez é Álvaro Lopez (ya otra vez por mí memorados), que luego labrasen una cruz bien alta; y despues de haber mandado todo esto, dijo á los caciques qué fué la causa que nos dieron guerra tres veces, requiriéndoles con la paz.

Y respondieron que ya habian demandado perdon dello y estaban perdonados, y que el cacique de Champoton, su hermano, se lo aconsejó, y porque no le tuviesen por cobarde, porque se lo reñian y deshonraban, porque no nos dió guerra cuando la otra vez vino otro capitan con cuatro navíos; y segun pareció, decíalo por Juan de Grijalva.

Y tambien dijo que el indio que traiamos por lengua, que se nos huyó una noche, se lo aconsejó, que de dia y de noche nos diesen guerra, porque éramos muy pocos. Y luego Cortés les mandó que en todo caso se lo trajesen, é dijeron que como les vió que en la batalla no les fué bien, que se les fué huyendo, y que no sabian dél aunque le han buscado, é supimos que le sacrificaron, pues tan caro les costó sus consejos.

Y más les preguntó, que de qué parte traian oro y aquellas joyezuelas. Respondieron que de hácia donde se pone el sol, y decian Culchúa y Méjico, y como no sabiamos qué cosa era Méjico ni Culchúa, dejábamoslo pasar por alto; y allí traiamos otra lengua que se decia Francisco, que hubimos cuando lo de Grijalva, ya otra vez por mí nombrado, mas no entendia poco ni mucho la de Tabasco, sino la de Culchúa, que es la mejicana; y medio por señas dijo á Cortés que Culchúa era muy adelante, y nombraba Méjico, Méjico, y no le entendimos.

Y en esto cesó la plática hasta otro dia, que se puso en el altar la santa imágen de nuestra Señora y la cruz, la cual todos adoramos; y dijo Misa el Padre fray Bartolomé de Olmedo, y estaban todos los caciques y principales delante, y púsose nombre á aquel pueblo Santa María de la Vitoria, é así se llama ahora la villa de Tabasco; y el mesmo fraile con nuestra lengua Aguilar predicó á las veinte indias que nos presentaron, muchas buenas cosas de nuestra santa fe, y que no creyesen en los ídolos que de ántes creian, que eran malos y no eran dioses, ni más les sacrificasen, que los traian engañados, é adorasen á Nuestro Señor Jesucristo; é luego se bautizaron, y se puso por nombre doña Marina aquella india y señora que allí nos dieron, y verdaderamente era gran cacica é hija de grandes caciques y señora de vasallos, y bien se le parecia en su persona; lo cual diré adelante cómo y de qué manera fué allí traida; é de las otras mujeres no me acuerdo bien de todos sus nombres, é no hace al caso nombrar algunas, mas estas fueron las primeras cristianas que hubo en la Nueva-España. Y Cortés las repartió á cada capitan la suya, é á esta doña Marina, como era de buen parecer y entremetida é desenvuelta, dió á Alonso Hernandez Puertocarrero, que ya he dicho otra vez que era muy buen caballero, primo del conde de Medellin; y desque fué á Castilla el Puertocarrero, estuvo la doña Marina con Cortés, é della hubo un hijo, que se dijo don Martin Cortés, que el tiempo andando fué comendador de Santiago.

En aquel pueblo estuvimos cinco dias, así porque se curaban las heridas como por los que estaban con dolor de riñones, que allí se les quitó; y demás desto, porque Cortés siempre atraia con buenas palabras á los caciques, y les dijo cómo el Emperador nuestro señor, cuyos vasallos somos, tiene á su mandado muchos grandes señores, y que es bien que ellos le dén la obediencia; é que en lo que hubieren menester, así favor de nosotros como otra cualquiera cosa, que se lo hagan saber donde quiera que estuviésemos, que él les vendrá á ayudar.

Y todos los caciques le dieron muchas gracias por ello, y allí se otorgaron por vasallos de nuestro grande Emperador. Estos fueron los primeros vasallos que en la Nueva-España dieron la obediencia á su majestad.

Y luego Cortés les mandó que para otro dia, que era domingo de Ramos, muy de mañana viniesen al altar que hicimos, con sus hijos y mujeres, para que adorasen la santa imágen de Nuestra Señora y la Cruz; y asimismo les mandó que viniesen seis indios carpinteros, y que fuesen con nuestros carpinteros, y que en el pueblo de Cintia, adonde Dios Nuestro Señor fué servido de darnos aquella victoria de la batalla pasada, por mí referida, que hiciesen una cruz en un árbol grande que allí estaba, que llaman ceiba, é hiciéronla en aquel árbol á efecto que durase mucho, que con la corteza, que suele reverdecer, está siempre la cruz señalada.

Hecho esto mandó que aparejasen todas las canoas que tenian, para nos ayudar á embarcar, porque aquel santo dia nos queriamos hacer á la vela, porque en aquella sazon vinieron dos pilotos á decir á Cortés que estaban en gran riesgo los navíos por amor del Norte, que es travesía.