É que cuanto á lo que dice, que todos somos vasallos de nuestro gran Emperador, que es verdad, é de ser cristianos como nosotros, que sí son; é á lo que dicen que venimos huyendo de nuestro Rey y señor, que no es así, sino que nuestro Rey nos envió para velle y hablalle todo lo que en su Real nombre le ha dicho é platicado, é á lo que dice que trae muchos soldados é noventa caballos é muchos tiros é pólvora, é que nosotros somos pocos, é que nos vienen á matar é prender, Nuestro Señor Jesucristo, en quien creemos é adoramos, é Nuestra Señora Santa María, su bendita Madre, nos dará fuerzas, y más que no á ellos, pues que son malos é vienen de aquella manera.

É que como nuestro Emperador tiene muchos reinos é señoríos, hay en ellos mucha diversidad de gentes, unas muy esforzadas é otras mucho más, é que nosotros somos de dentro de Castilla, que llaman Castilla la Vieja, é nos nombran por sobrenombre castellanos; é que el capitan que está ahora en Cempoal y la gente que trae que es de otra provincia que llaman Vizcaya, é que tienen la habla muy revesada, como á manera de decir como los otomís tierra de Méjico; é que él verá cuál se los traeriamos presos; é que no tuviese pesar por nuestra ida, que presto volveriamos con vitoria.

É lo que ahora le pide por merced, que mire que queda con él su hermano Tonatio, que así llamaban á Pedro de Albarado, con ochenta soldados; que despues que salgamos de aquella ciudad no haya algun alboroto, ni consienta á sus capitanes é papas hagan cosas que sean mal hechas, porque despues que volvamos, si Dios quisiere, no tengan que pagar con las vidas los malos revolvedores; é que todo lo que hubiere menester de bastimentos, que se los diesen; é allí le abrazó Cortés dos veces al Montezuma, é asimismo el Montezuma á Cortés; é doña Marina, como era muy avisada, se lo decia de arte que ponia tristeza con nuestra partida.

Allí le ofreció que haria todo lo que Cortés le encargaba, y aun prometió que enviaria en nuestra ayuda cinco mil hombres de guerra, é Cortés le dió gracias por ello, porque bien entendió que no los habia de enviar; é le dijo que no habia menester su ayuda, sino era la de Dios nuestro Señor, que es la ayuda verdadera, é la de sus compañeros que con él íbamos; é tambien le encargó que mirase que la imágen de nuestra Señora é la cruz que siempre lo tuviesen muy enramado, é limpia la iglesia, é quemasen candelas de cera, que tuviesen siempre encendidas de noche y de dia, é que no consintiesen á los papas que hiciesen otra cosa; porque en aquesto conoceria muy mejor su buena voluntad é amistad verdadera.

É despues de tornados otra vez á se abrazar, le dijo Cortés que le perdonase, que no podia estar más en plática con él, por entender en la partida; é luego habló á Pedro de Albarado é á todos los soldados que con él quedaban, é les encargó que guardasen al Montezuma con mucho cuidado no se soltase, é que obedeciesen al Pedro de Albarado; y prometióles que, mediante Dios, que á todos les habia de hacer ricos; é allí quedó con ellos el Clérigo Juan Diaz, que no fué con nosotros, é otros soldados sospechosos, que aquí no declaro por sus nombres; é allí nos abrazamos los unos á los otros, é sin llevar indias ni servicio, sino á la ligera, tiramos por nuestras jornadas por la ciudad de Cholula, y en el camino envió Cortés á Tlascala á rogar á nuestros amigos Xicotenga y Masse-Escaci é á todos los más caciques, que nos enviasen de presto cuatro mil hombres de guerra; y enviaron á decir que si fueran para pelear con indios como ellos, que sí hicieran, é aun muchos más de los que les demandaban, é que para contra teules como nosotros, é contra bombardas é caballos, que les perdonen, que no los quieren dar; é proveyeron de veinte cargas de gallinas; é luego Cortés escribió en posta á Sandoval que se juntase con todos sus soldados muy prestamente con nosotros, que íbamos á unos pueblos obra de doce leguas de Cempoal, que se dicen Tampaniquita é Mitalaguita, que ahora son de la encomienda de Pedro Moreno Medrano, que vive en la Puebla; é que mirase muy bien el Sandoval que Narvaez no le prendiese, ni hubiese á las manos á él ni á ninguno de sus soldados.

Pues yendo que íbamos de la manera que he dicho, con mucho concierto para pelear si topásemos gente de guerra de Narvaez ó al mismo Narvaez, y nuestros corredores del campo descubriendo, é siempre una jornada adelante dos de nuestros soldados grandes peones, personas de mucha confianza, y estos no iban por camino derecho, sino por partes que no podian ir á caballo, para saber é inquirir de indios de la gente de Narvaez.

Pues yendo nuestros corredores del campo descubriendo, vieron venir á un Alonso de Mata, el que decian que era escribano, que venia á notificar los papeles ó traslados de las provisiones, segun dije atrás en el capítulo que dello habla, é á los cuatro españoles que con él venian por testigos, y luego vinieron los dos nuestros soldados de á caballo á dar mandado, y los otros dos corredores del campo se estuvieron en palabras con el Alonso de Mata é con los cuatro testigos; y en este instante nos dimos priesa en andar y alargamos el paso, y cuando llegaron cerca de nosotros hicieron gran reverencia á Cortés y á todos nosotros, y Cortés se apeó del caballo y supo á lo que venian.

Y como el Alonso de Mata queria notificar los despachos que traia, Cortés le dijo que si era escribano del Rey, y dijo que sí; y mandóle que luego exhibiese el título, é que si le traia, que leyese los recados, é que haria lo que viese que era servicio de Dios é de su Majestad; y si no le traia, que no leyese aquellos papeles; é que tambien habia de ver los originales de su Majestad.

Por manera que el Mata, medio cortado é medroso, porque no era escribano de su Majestad, y los que con él venian no sabian qué le decir; y Cortés les mandó dar de comer, y porque comiesen reparamos allí; y les dijo Cortés que íbamos á unos pueblos cerca del real del señor Narvaez, que se decian Tampanequita, y que allí podia enviar á notificar lo que su capitan mandase; y tenia Cortés tanto sufrimiento, que nunca dijo palabra mala del Narvaez, é apartadamente habló con ellos y les untó las manos con tejuelos de oro, y luego se volvieron á su Narvaez diciendo bien de Cortés y de todos nosotros; y como muchos de nuestros soldados por gentileza en aquel instante llevábamos en las armas joyas de oro, y otros cadenas y collares al cuello, y aquellos que venian á notificar los papeles les vieron, dicen en Cempoal maravillarse de nosotros; y muchos habia en el real de Narvaez, personas principales, que querian venir á tratar paces con Cortés y su capitan Narvaez, como á todos nos veian ir ricos.

Por manera que llegamos á Panguaniquita, é otro dia llegó el capitan Sandoval con los soldados que tenia, que serian hasta sesenta; porque los demás viejos y dolientes los dejó en unos pueblos de indios nuestros amigos, que se decian Papalote, para que allí les diesen de comer; y tambien vinieron con él los cinco soldados parientes y amigos del licenciado Lúcas Vazquez de Aillon, que se habian venido huyendo del real de Narvaez, y venian á besar las manos á Cortés; á los cuales con mucha alegría recibió muy bien; y allí estuvo contando el Sandoval á Cortés de lo que les acaeció con el Clérigo furioso Guevara y con el Vergara y con los demás, y cómo los mandó llevar presos á Méjico, segun y de la manera que dicho tengo en el capítulo pasado.