—«Señor y nuestro gran señor, ya tenemos á tí por nuestro rey y señor, y es muy bien empleado en tí el reinado, pues en todas tus cosas te has mostrado varon y te viene de derecho el reino. Las paces que dices, buenas son; mas mira y piensa en ello, que cuando estos teules entraron en estas tierras y en esta ciudad, cuál nos ha ido de mal en peor; mirad los servicios y dádivas que les hizo y dió nuestro señor, vuestro tio, el gran Montezuma, en qué paró.

»Pues vuestro primo Cacamatzin, rey de Tezcuco, por el consiguiente. Pues vuestros parientes los señores de Iztapalapa é Cuyoacoan y Tacuba y de Talatcingo, ¿qué se hicieron? Pues los hijos de nuestro gran señor Montezuma todos murieron. Pues oro y riquezas desta ciudad, todo se ha consumido. Pues ya ves que á todos tus súbditos y vasallos de Tepeaca y Chalco, y aun de Tezcuco, y aun de todas estas vuestras ciudades y pueblos, les ha hecho esclavos y señalando las caras.

»Mira primero lo que nuestros dioses te han prometido: toma buen consejo sobre ello, y no te fies de Malinche ni de sus palabras; que más vale que todos muramos en esta ciudad peleando, que no vernos en poder de quien nos harian esclavos y nos atormentarán.»

Y los papas en aquel tiempo le dijeron que sus dioses les habian prometido vitoria tres noches arreo cuando les sacrificaban; y entónces el Guatemuz, medio enojado, les dijo:

—«Pues así quereis que sea, guardad mucho el maíz y bastimentos que tenemos, y muramos todos peleando; y desde aquí adelante ninguno sea osado á me demandar paces, si no, yo le mataré.»

Y allí todos prometieron de pelear noches y dias y morir en la defensa de su ciudad.

Pues ya esto acabado, tuvieron trato con los de Suchimileco y otros pueblos que les metiesen agua en canoas de noche, y abrieron otras fuentes en partes que tenian agua, aunque salobre.

Dejemos ya de hablar en este su concierto, y digamos de Cortés y de todos nosotros, que estuvimos dos dias sin entralles en su ciudad esperando la respuesta, y cuando no nos catamos, vienen tantos escuadrones de guerreros mejicanos en todos tres reales y nos dan tan recia guerra, que como leones muy bravosos venian á encontrar con nosotros, que en todo su seso creyeron de llevarnos de vencida.

Esto que digo fué por nuestra parte del real de Pedro de Albarado, que en lo de Cortés y Sandoval tambien dijeron que les habian llegado á sus reales, que no les podian defender, aunque más les mataban y herian; y cuando peleaban tocaban la corneta de Guatemuz, y entónces habiamos de tener órden que no nos desbaratasen, porque ya he dicho otras veces que entónces se metian por las espadas y lanzas para nos echar mano; é como ya estábamos acostumbrados á los rencuentros, puesto que cada dia herian y mataban de nosotros, teniamos con ellos pié con pié, y desta manera pelearon seis ó siete dias arreo, y nosotros les matábamos y heriamos muchos dellos, y con todo esto no se les daba nada por morir.

Acuérdome que decian: