—«Tenitoz Rey Castilla, Tenitoz Ajaca;» que quiere decir en su lengua: «¿Qué dirá el Rey de Castilla? ¿Qué dirá ahora?»
Y con estas palabras tirar vara y piedra y flecha, que cubrian el suelo y calzada.
Dejemos esto, que ya les íbamos ganando gran parte de la ciudad, y en ellos sentiamos que, puesto que peleaban muy como varones, no se remudaban ya tantos escuadrones como solian, ni abrian zanjas ni calzadas; mas otra cosa tenian muy cierta, que al tiempo que nos retraiamos nos venian siguiendo hasta nos echar mano; y tambien se nos habia acabado ya la pólvora en todos tres reales, y en aquel instante habia venido á la Villa-Rica un navío que era de una armada de un licenciado Lúcas Vazquez de Aillon, que se perdió y desbarató en las islas de la Florida, y el navío aportó á aquel puerto, como dicho tengo, y venian en él ciertos soldados y pólvora y ballestas y otras cosas; y el teniente que estaba en la Villa-Rica, que se decia Rodrigo Rangel, que tenia en guarda á Narvaez, envió luego á Cortés pólvora y ballestas y soldados.
Y volvamos á nuestra conquista, por abreviar: que mandó y acordó Cortés con todos los demás capitanes y soldados que les entrásemos todo cuanto pudiésemos hasta llegalles al Tatelulco, que es la plaza mayor, adonde estaban sus altos cues y adoratorios; y Cortés por su parte y Sandoval por la suya, y nosotros por la nuestra, les íbamos ganando puentes y albarradas, y Cortés les entró hasta una plazuela donde tenian otros adoratorios.
En aquellos cues estaban unas vigas, y en ellas muchas cabezas de nuestros soldados que habian muerto y desbaratado en las batallas pasadas, y tenian los cabellos y barbas muy crecidas, más que cuando eran vivos, y no lo habia yo creido si no lo viera desde tres dias, que como fuimos ganando por nuestra parte dos aberturas y puentes, tuvimos lugar de las ver, é yo conocia tres soldados mis compañeros; y cuando las vimos de aquella manera se nos saltaron las lágrimas de los ojos; y en aquella sazon se quedaron allí donde estaban, más desde á doce dias se quitaron, y las pusimos aquellas y otras cabezas que tenian ofrecidas á otros ídolos, y las enterramos en una iglesia que se dice ahora los Mártires, que nosotros hicimos.
Dejemos desto y digamos cómo fuimos batallando por la parte de Pedro de Albarado y llegamos al Tatelulco, y habia tantos mejicanos en guarda de sus ídolos y altos cues, y tenian tantas albarradas, que estuvimos bien dos horas que no se lo pudimos tomar; y cómo podian ya correr caballos, puesto que les hirieron á los más; mas nos ayudaron muy bien y alancearon muchos mejicanos; y como habia tantos contrarios en tres partes, fuimos las tres capitanías á batallar con ellos; y á la una capitanía, que era de un Gutierre de Badajoz, mandó Pedro de Albarado que subiese en el alto cu de Huichilóbos, y peleó muy bien con los contrarios y muchos papas que en las casas de los adoratorios estaban, y de tal manera le daban guerra los contrarios, que le hacian venir las gradas abajo; y luego Pedro de Albarado nos mandó que le fuésemos á socorrer y dejásemos el combate en que estábamos; é yendo que íbamos, nos siguieron los escuadrones con quien peleábamos, y todavía les subiamos sus gradas arriba.
Aquí habia bien que decir en qué trabajo nos vimos los unos y los otros en ganalles aquellas fortalezas, que ya he dicho otras veces que eran muy altas; y en aquellas batallas nos tornaron á herir á todos muy malamente, y todavía les pusimos fuego á los ídolos, y levantamos nuestras banderas, y estuvimos batallando en lo llano, despues de le haber puesto fuego, hasta la noche, que no nos podiamos valer de tanto guerrero.
Dejemos de hablar en ello, y digamos que como Cortés y sus capitanes vieron en aquella sazon desde sus barrios y calles en sus partes léjos del alto cu, y las llamaradas en que el cu mayor ardia, y nuestras banderas encima, se holgó mucho, y se quisieran hallar en él; mas no podian, porque habian un cuarto de legua de la una parte á la otra, y tenian muchas puentes y aberturas de agua por ganar, y por donde andaba le daban recia guerra, y no podian entrar tan presto como quisieran en el cuerpo de la ciudad; mas dende á cuatro dias se juntó con nosotros, así Cortés como Sandoval, é podiamos ir desde un real á otro por las calles y casas derrocadas y puentes y albarradas deshechas y aberturas de agua todo ciego; y en este instante se iban retrayendo Guatemuz con todos sus guerreros en una parte de la ciudad dentro de la laguna, porque las casas y palacios en que vivia ya estaban por el suelo; y con todo esto, no dejaban cada dia de salir á nos dar guerra, y al tiempo de retraer nos iban siguiendo muy mejor que de ántes; é viendo esto Cortés, que se pasaban muchos dias, y no venian de paz ni tal pensamiento tenian, acordó con todos nuestros capitanes que les echásemos celadas.
Y fué desta manera: que de todos tres reales se juntaron hasta treinta de á caballo y cien soldados los más sueltos y guerreros que conocia Cortés, y envió á llamar de todos tres reales mil tlascaltecas, y nos metimos en unas casas grandes que habian sido de un señor de Méjico, y esto fué muy de mañana, y Cortés iba entrando con los demás de á caballo que le quedaban, y sus soldados y ballesteros y escopeteros por las calles y calzadas como solia; y ya llegaba Cortés á una abertura y puente de agua, y entónces estaban peleando con los escuadrones de mejicanos que para ello estaban aparejados, y muchos más que Guatemuz enviaba para guardar la puente; y como Cortés vió que habia gran número de contrarios, hizo que se retraia y mandaba echar los amigos fuera de la calzada, porque creyesen que de hecho se iban retrayendo; y le iban siguiendo al principio poco á poco, y cuando vieron que de hecho hacia que iba huyendo, van tras él todos los poderes que en aquella calzada le daban guerra; y como Cortés vió que habia pasado algo adelante de las casas á donde estaba la celada, tiraron dos tiros juntos, que era señal de cuándo habiamos de salir de la celada, y salen los de á caballo primero, y salimos todos los soldados y dimos en ellos á placer; pues luego volvió Cortés con los suyos y nuestros amigos los tlascaltecas, é hicieron gran matanza.
Por manera que se hirieron y mataron muchos, y desde allí adelante no nos seguian al tiempo del retraer; y tambien en el real de Pedro de Albarado les echó una celada, mas no tan buena como esta; y en aquel dia no me hallé yo en nuestro real con Pedro de Albarado por causa que Cortés me mandó que para la celada quedase con él.