Pues saber decir cómo se holgó en saber que Cortés era ido á Méjico, porque excusaba el trabajoso camino que habia de llevar en su busca, fué harto descanso para todos; y estando allí en el pueblo de la Choluteca, habian llegado en aquella sazon ciertos capitanes de Pedro Arias de Ávila, que se decian Garabito y Campañon, y otros que no se me acuerdan los nombres, que, segun ellos decian, venian á descubrir tierras y á partir términos con el Pedro de Albarado; y como llegamos á aquel pueblo con el capitan Luis Marin, estuvimos juntos tres dias los de Pedro Arias y Pedro de Albarado y nosotros; y desde allí envió el Pedro de Albarado á un Gaspar Arias de Ávila, vecino que fué de Guatimala, á tratar ciertos negocios con el gobernador Pedro Arias de Ávila, é oí decir que era sobre casamientos, porque el Gaspar Arias era gran servidor de Pedro de Albarado.
Y volviendo á nuestro viaje, en aquel pueblo se quedaron los de Pedro Arias, y nosotros fuimos camino de Guatimala, y ántes de llegar á la provincia de Cuzcatlan, en aquella sazon llovia mucho y venia un rio que se decia Lempa muy crecido, y no le pudimos pasar en ninguna manera; acordamos de cortar un árbol que se llama ceiba, y era de tal gordor, que dél se hizo una canoa que en estas partes otra mayor no la habia visto, y con gran trabajo estuvimos cinco dias en pasar el rio, y aun hubo mucha falta de maíz; é pasado el rio, dimos en unos pueblos que pusimos por nombre los Chapanastiques, que era así su nombre, adonde mataron los indios naturales de aquellos pueblos un soldado que se decia Nicuesa, é hirieron otros tres de los nuestros que habian ido á buscar de comer, y venian ya desbaratados, y les fuimos á socorrer, y por no nos detener se quedaron sin castigo; y esto es en la provincia donde agora está poblada la villa de San Miguel; y desde allí entramos en la provincia de Cuzcatlan, que estaba de guerra, y hallamos bien de comer; y desde allí veniamos á unos pueblos cerca de Petapa, y en el camino tenian los guatimaltecas unas sierras cortadas y unas barrancas muy hondas, donde nos aguardaron, y estuvimos en se las tomar y pasar tres dias: allí me hirieron de un flechazo, mas no fué nada la herida, y luego venimos á Petapa, y otro dia dimos en este valle que llamamos del Tuerto, donde agora está poblada esta ciudad de Guatimala, que entónces todo estaba de guerra sobre pasallos con los naturales; y acuérdome que cuando veniamos por un repecho abajo comenzó á temblar la tierra de tal manera, que muchos soldados cayeron en el suelo, porque duró gran rato el temblor; y luego fuimos camino del asiento de la ciudad de Guatimala la vieja, donde solian estar los caciques que se decian Cinacan y Sacachul, y ántes de entrar en la dicha ciudad estaba una barranca muy honda, y aguardándonos todos los escuadrones de los guatimaltecas para no dejarnos pasar, y les hicimos ir con la mala ventura, y pasamos á dormir á la ciudad, y estaban los aposentos y las casas con tan buenos edificios y ricos, en fin como de caciques que mandaban todas las provincias comarcanas; y desde allí nos salimos á lo llano y hicimos ranchos y chozas, y estuvimos en ellos diez dias, porque el Pedro de Alvarado envió dos veces á llamar de paz á los de Guatimala y á otros pueblos que estaban en aquella comarca, y hasta ver su respuesta aguardamos los dias que he dicho, y de que no quisieron venir ninguno dellos, fuimos por nuestras jornadas largas, sin parar hasta donde Pedro de Albarado habia dejado su ejército, porque estaba todo de guerra, y estaba en él por capitan un hermano que se decia Gonzalo de Albarado.
Llamábase aquella poblacion donde los hallamos Olintepeque, y estuvimos descansando ciertos dias, y luego fuimos á Soconusco, y dende allí á Teguantepeque, y entónces fallecieron en el camino dos vecinos españoles de Méjico que venian de aquella trabajosa jornada con nosotros, y un cacique mejicano que se decia Juan Velazquez, capitan que fué de Guatemuz; y por la posta fuimos á Guaxaca, porque entónces alcanzamos á saber la muerte de Luis Ponce y otras cosas por mí ya dichas, y decian muchos bienes de su persona y que venia para cumplir lo que su majestad le mandaba, y no viamos la hora de haber llegado á Méjico.
Pues como veniamos sobre ochenta soldados, y entre ellos Pedro de Albarado, y llegamos á un pueblo que se dice Chalco, dende allí enviamos á hacer saber á Cortés cómo habiamos de entrar en Méjico otro dia, que nos tuviesen aparejadas posadas, porque veniamos destrozados; que habia más de dos años y tres meses que salimos de aquella ciudad.
Y de que se supo en Méjico que llegábamos á Iztapalapa á las calzadas, salió Cortés con muchos caballeros y el Cabildo á nos recebir; y ántes de ir á parte ninguna, ansí como veniamos fuimos á la iglesia mayor á dar gracias á nuestro Señor Jesucristo, que nos volvió á aquella ciudad, y dende la iglesia Cortés nos llevó á sus palacios, adonde nos tenia aparejada una muy solene comida é muy bien servida; é ya tenia aderezada la posada de Pedro de Albarado, que entónces era su casa la fortaleza, porque en aquella sazon estaba nombrado por alcaide della y de las atarazanas; y al capitan Luis Marin llevó Sandoval á posar á sus casas, é á mí é á otro amigo mio, que se decia el capitan Luis Sanchez, nos llevó Andrés de Tapia á las suyas y nos hizo mucha honra, y el Sandoval me envió ropas para me ataviar é oro é cacao para gastar; y ansí hizo Cortés é otros vecinos de aquella ciudad á soldados amigos conocidos de los que veniamos allí.
Y otro dia, despues de nos encomendar á Dios, salimos por la ciudad yo y mi compañero el capitan Luis Sanchez, y llevamos por intercesores al capitan Sandoval é Andrés de Tapia, y fuimos á ver y hablar al licenciado Márcos de Aguilar, que, como he dicho, estaba por gobernador por el poder que para ello le dejó el licenciado Luis Ponce; y los intercesores que fueron con nosotros, que ya he dicho que era el capitan Sandoval y Andrés de Tapia, hicieron relacion á Márcos de Aguilar de nuestras personas y servicios para suplicalle que nos diese indios en Méjico, porque los indios de Guacacualco no eran de provecho; y despues de muchas palabras y ofertas que sobre ello nos dió el Márcos de Aguilar, con prometimientos, dijo que no tenia poder para dar ni quitar indios, porque ansí lo dejó en el testamento Luis Ponce de Leon al tiempo que falleció, que todas las cosas de pleitos y vacaciones de indios de la Nueva-España se estuviesen en el estado que estaban hasta que su majestad enviara á mandar otra cosa, y que si le enviaban poder para dar indios, que nos daria de lo mejor que hubiese en la tierra; y luego nos despedimos dél.
En este tiempo vino de la isla de Cuba Diego de Ordás, y como fué el que hubo escrito las cartas que envió el factor diciendo que todos éramos muertos cuantos habiamos salido de Méjico con Cortés, Sandoval é otros caballeros con palabras muy desabridas le dijeron que por qué habia escrito lo que no sabia, no teniendo noticia dello, y que fueron aquellas cartas tan malas, que se hubiera de perder la Nueva-España por ellas.
Y el Diego de Ordás respondió con grandes juramentos que nunca tal escribió, sino solamente que tuvo nueva, de un pueblo que se dice Xicalango, que habian venido los pilotos y capitanes y marineros de dos navíos, y se habian muerto los del un bando con el otro, y que los indios acabaron de matar á ciertos marineros que quedaban en los navíos; y que pareciesen las mismas cartas, y verian si era ansí; que si el factor las glosó é hizo otras, que no tenia culpa.
Pues para saber Cortés la verdad, el factor y veedor estaban presos en las jaulas y no se atrevia á hacer justicia dellos, segun lo dejó mandado Luis Ponce de Leon; y como Cortés tenia otros muchos debates, acordó de callar en lo del factor hasta que viniese mandado de su majestad, y temió no le viniesen más males sobre ello; y porque entónces puso demanda que le volviesen mucha cantidad de sus haciendas que le vendieron y tomaron para decir Misas y honras por su alma, pues que fueron hechas todas aquellas honras con malicia, no siendo muerto, y por dar crédito á toda la ciudad que éramos muertos, é no por su alma; que pues vian que hacian bienes y honras por Cortés y por nosotros, creyesen que era verdad que éramos muertos.
Y andando en estos pleitos, un vecino de Méjico, que se decia Juan de Cáceres el Rico, compró los bienes y Misas que habian hecho por el alma de Cortés, que fuesen por la de Cáceres.