Pasemos adelante, y dejaré de traer á la memoria desastres de capitanes que no han sabido conquistar, y digo que, como el tesorero supo que habian acuchillado á su amigo el capitan Figuero, como dicho tengo, envió luego á prender á Alonso de Herrera, é no se pudo haber, porque se fué huyendo á unas sierras, y los alguaciles que envió trujeron preso á un soldado de los que solia tener el Herrera consigo; y así como llegó á Méjico, sin más ser oido, le mandó el tesorero cortar la mano derecha.

Llamábase el soldado Cortejo, y era hijodalgo; y demas desto, en aquel tiempo un mozo de espuelas de Gonzalo de Sandoval tuvo otra quistion con otro criado del tesorero, y le acuchilló, de que hubo muy gran enojo el tesorero, y le mandó cortar la mano; y esto fué en tiempo que Cortés ni Sandoval no estaban en Méjico; que se habian ido á un gran pueblo que se dice Cornabaca, y se fueron por quitarse de bullicios y parlerías, y tambien por apaciguar ciertos encuentros que habia entre los caciques de aquel pueblo.

Pues como supieron Cortés y Gonzalo de Sandoval por cartas que el Cortejo y mozo de espuelas estaban presos y que les querian cortar las manos, de presto vinieron á Méjico; y de que hallaron lo que dicho tengo, y no habia remedio en ello, sintieron mucho aquella afrenta que el tesorero hizo á Cortés y á Sandoval, y dicen que le dijo Cortés tales palabras al tesorero en su presencia, que no las quisiera oir, y aun tuvo temor que le queria mandar matar, y con este temor allegó el tesorero soldados y amigos para tener en su guarda, y sacó de las jaulas al factor y veedor para que, como oficiales de su majestad, se favoreciesen los unos á los otros contra Cortés; y de que los hubo sacado, de ahí á ocho dias, por consejo del factor y otras personas que no estaban bien con Cortés, le dijeron al tesorero que en todo caso luego desterrase á Cortés de Méjico; porque entre tanto que estuviese en aquella ciudad jamás podria gobernar bien ni habria paz, y siempre habria bandos.

Pues ya este destierro firmado del tesorero, se lo fueron á notificar á Cortés, y dijo que lo cumpliria muy bien, y que daba gracias á Dios, que dello era servido, que de las tierras y ciudad que él con sus compañeros habia descubierto y ganado, derramando de dia y de noche mucha sangre de su cuerpo, y muerte de tantos soldados, que le viniesen á desterrar personas que no eran dignas de bien ninguno ni de tener los oficios que tienen, y que él iria á Castilla á dar relacion dello á su majestad y demandar justicia contra ellos; y que fué gran ingratitud la del tesorero, desconocido del bien que le habia hecho Cortés; y luego se salió de Méjico y se fué á una villa suya que se dice Cuyoacan, y dende allí á Tezcuco, y dende allí á pocos dias á Tlascala; y en aquel instante la mujer del tesorero, que se decia doña Marina Gutierrez de la Caballería, cierto digna de buena memoria por sus muchas virtudes, como supo el desconcierto que su marido habia hecho en sacar de las jaulas al factor y veedor y haber desterrado á Cortés, con gran pesar que tenia, le dijo á su marido:

—«Plega á Dios que por estas cosas que habeis hecho no os venga mal dello.»

Y le trujo á la memoria los bienes y mercedes que siempre Cortés le habia hecho, y los pueblos de indios que le dió, y que procurase de tornar á hacer amistades con él para que vuelva á la ciudad de Méjico, ó que se guardase muy bien, no le matasen; y tantas cosas le dijo, que, segun muchas personas despues platicaban, se habia arrepentido el tesorero de lo haber desterrado, y aun de haber sacado de las jaulas al factor y veedor, porque en todo le iban á la mano y eran muy contrarios á Cortés.

Y en aquella sazon vino de Castilla don fray Julian Garcés, primer Obispo que fué de Tlascala, y era natural de Aragon, y por honra del cristianísimo Emperador nuestro señor se llamó Carolense, y fué gran predicador, y se vino por su obispado de Tlascala; y como supo lo que el tesorero habia hecho en el destierro de Cortés, le pareció muy mal y por poner concordia entre ellos se vino á una ciudad, ya otras veces por mí nombrada, que se dice Tezcuco; y como estaba junto á la laguna, se embarcó en dos canoas grandes, y con dos clérigos y un fraile y su fardaje se vino á la ciudad de Méjico, y ántes de entrar en ella supieron su venida en Méjico, y le salieron á recebir con toda la pompa y cruces y clerecía y religiosos y Cabildos, é conquistadores é caballeros y soldados que en Méjico se hallaron; y cuando el Obispo hubo descansado dos dias, el tesorero le echó por intercesor para que fuese adonde Cortés estaba en aquella sazon y los hiciese amigos, é le alzaba el destierro, y que se volviese á Méjico; y fué el Obispo y trató las amistades, y nunca pudo acabar cosa ninguna con Cortés; ántes, como dicho tengo, se fué á Tezcuco ó á Tlascala muy acompañado de caballeros é otras personas y en lo que entendia Cortés era en allegar todo el oro y plata que podia para ir á Castilla; y demas de lo que le daban de los tributos de sus pueblos, empeñaba otras rentas é indios que le prestaban amigos; y ansimismo se aparejaban el capitan Gonzalo de Sandoval y Andrés de Tapia, y llegaron y recogian todo el oro y plata que podian de sus pueblos, porque estos dos capitanes fueron en compañía de Cortés á Castilla.

Pues como estaba Cortés en Tlascala, íbanle á ver muchos vecinos de Méjico y de otras villas, y soldados que no tenian encomiendas de indios, y los caciques de Méjico le iban á servir; y aun, como hay hombres bulliciosos y amigos de escándalos é novedades, le iban á aconsejar para que si se queria alzar por Rey en la Nueva-España, que en aquel tiempo tenia lugar y que ellos serian en le ayudar; y Cortés echó presos á dos hombres de los que le vinieron con aquellas pláticas, y les trató mal, llamándoles de traidores, y estuvo para los ahorcar; y tambien le trujeron otra carta de otros bandoleros, que le enviaron de Méjico, y le decian lo mismo; y esto era, segun dijeron, para tentar á Cortés ó tomarle en algunas palabras que de su boca dijese sobre aquel mal caso; y como Cortés en todo era servidor de su majestad, con amenazas dijo á los que le venian con aquellos tratos que no viniesen más adelante dél con aquellas parlerías de traiciones, que los mandaria ahorcar; y luego escribió al Obispo lo que pasaba, para que él dijese al tesorero que, como gobernador, mandase castigar á los traidores que le venian con aquellos consejos; si no, que él los mandaria ahorcar.

Dejemos á Cortés en Tlascala aderezando para se ir á Castilla, y volvamos al tesorero y factor y veedor, que, ansí como venian á Cortés hombres bandoleros que deseaban ruidos y andar en bullicios, tambien iban y decian al tesorero y al factor que ciertamente Cortés estaba llegando gente para los venir á matar, aunque echaba fama que para venir á Castilla, y á aquel efeto estaban todos los caciques mejicanos y de Tezcuco en Tlascala, y de todos los más pueblos de alrededor de la laguna en su compañía, para ver cuándo les mandaba dar guerra.

Entónces temió mucho el factor y veedor y el tesorero, creyendo que les queria matar; y para saber é inquirir si era verdad, volvieron á importunar al mismo Obispo que fuese á ver qué cosa era, y escribieron con grandes ofertas á Cortés, demandándole perdon; y el Obispo lo hubo por bueno el ir á hacer amistades, por visitar á Tlascala; y desque llegó donde Cortés estaba, despues de le salir á recebir toda aquella provincia, y ver la gran lealtad y lo que habia hecho Cortés en prender los bandoleros, y las palabras que sobre aquel caso le escribió, luego hizo mensajeros al tesorero, y dijo que Cortés era muy leal caballero y gran servidor de su majestad, y que en nuestros tiempos se podia poner en la cuenta de los muy afamados servidores de la corona Real, y que en lo que estaba entendiendo era aviarse para ir ante su majestad, y que podian estar sin sospecha de lo que pensaban; y tambien le escribió que tuvo mala consideracion en le haber desterrado, y que no lo acertó.