Entónces diz que le dijo en la carta que le escribió:
—«Oh señor tesorero Alonso de Estrada, y ¡cómo ha dañado y estragado este negocio!»
Dejemos esto de la carta; que no me acuerdo bien si volvió Cortés á Méjico para dejar recaudo á las personas á quien habia de dar los poderes para entender en su estado y casa é cobrar los tributos de los pueblos de su encomienda; salvo sé que dejó el poder mayor al licenciado Juan Altamirano y á Diego de Ocampo y Alonso Valiente y á Santa Cruz burgalés, y sobre todos á Altamirano; é ya tenia llegado muchas aves de las diferenciadas de otras que hay en Castilla, que era cosa muy de ver, y dos tigres, y muchos barriles de liquidámbar y bálsamo cuajado y otro como aceite, y cuatro indios maestros de jugar el palo con los piés, que en Castilla y en todas partes es cosa de ver, y otros indios bailadores, que suelen hacer una manera de ingenio, al parecer como que vuelan por alto estando bailando; y llevó tres indios corcovados de tal manera, que era cosa monstruosa, porque estaban quebrados por el cuerpo y eran muy enanos; y tambien llevó indios é indias muy blancos, que con el gran blancor no veian bien; y entónces los caciques de Tlascala le rogaron que llevase en su compañía tres hijos de los más principales de aquella provincia, y entre ellos fué un hijo de Xicotenga el viejo ciego, que despues se llamó don Lorenzo de Vargas, y llevó otros caciques mejicanos; y estando aderezando su partida, le llegaron nuevas de la Veracruz que habian venido dos navíos muy buenos veleros, y en ellos le trujeron cartas de Castilla, y lo que se contenia en ellas diré adelante.
CAPÍTULO CXCV.
CÓMO VINIERON CARTAS Á CORTÉS DE ESPAÑA, DEL CARDENAL DE SIGÜENZA DON GARCÍA DE LOYOSA, QUE ERA PRESIDENTE DE INDIAS Y LUEGO FUÉ ARZOBISPO DE SEVILLA, Y DE OTROS CABALLEROS, PARA QUE EN TODO CASO SE FUESE LUEGO Á CASTILLA, Y LE TRUJERON NUEVAS QUE ERA MUERTO SU PADRE MARTIN CORTÉS, Y LO QUE SOBRE ELLO HIZO.
Ya he dicho en el capítulo pasado lo acaecido entre Cortés y el tesorero y el factor y veedor, é por qué causa lo desterró de Méjico, y cómo vino dos veces el obispo de Tlascala á entender en amistades, y Cortés nunca quiso responder á cartas ni á cosa ninguna que le dijesen, y se apercibió para ir á Castilla; y le vinieron cartas del presidente de Indias don García de Loyosa, y del duque de Béjar y de otros caballeros, en que le decian que, como estaba ausente, daban quejas delante de su majestad, y decian en las quejas muchos males y muertes que habia hecho dar á los gobernadores que su majestad enviaba, y que fuese en todo caso á volver por su honra; y le trujeron nuevas que su padre Martin Cortés era fallecido; y como vió las cartas, le pesó mucho, ansí de la muerte de su padre como de las cosas que dél decian que habia hecho, no siendo ansí; y se puso luto, puesto que lo traia en aquel tiempo por la muerte de su mujer doña Catalina Suarez la Marcayda, é hizo gran sentimiento por su padre, y las honras lo mejor que pudo; y si mucho deseo tenia de ántes de ir á Castilla, dende allí adelante se dió mayor priesa, porque luego mandó á su mayordomo, que se decia Pedro Ruiz de Esquivel, natural de Sevilla, que fuese á la Veracruz, y de dos navíos que habian llegado, que tenian fama que eran nuevos y veleros, que los comprase; y estaba apercibiendo bizcocho y cecina y tocinos y lo perteneciente para el matalotaje muy cumplidamente, como convenia para un gran señor y rico que Cortés era, y cuantas cosas se pudieron haber en la Nueva-España que eran buenas para el mar, y conservas que á Castilla vinieron; y fueron tantas y de tanto género, que para dos años se pudieran mantener otros dos navíos, aunque tuvieran mucha más gente, con lo que en Castilla les sobró.
Pues yendo el mayordomo por la laguna de Méjico en una canoa grande para ir á un pueblo que se dice Ayotcingo, que es donde desembarcan las canoas, que por ir más presto á hacer lo que Cortés le mandaba fué por allí, y llevó seis indios mejicanos remeros y un negro, é ciertas barras de oro para comprar los navíos; y quien quiera que fué, le aguardó en la misma laguna y le mató, que nunca se supo quién ni quién no, ni pareció canoa ni indios ni el negro que la remaba, salvo que dende allí á cuatro dias hallaron al Esquivel en una isleta de la laguna, el medio cuerpo comido de aves carniceras.
Sobre la muerte deste mayordomo hubo grandes sospechas, porque unos decian que era hombre que se alababa de cosas que decia él mismo que pasaba con damas é con otras señoras, é decian otras cosas malas que diz que hacia; é á esta causa estaba malquisto, y ponian sospechas de otras muchas cosas que aquí no declaro; por manera que no se supo de su muerte, ni aun se pesquisó muy de raíz quién le mató, perdónele Dios; y luego Cortés volvió á enviar de presto á otros mayordomos para que le tuviesen aparejados los navíos é metido el bastimento é pipas de vino, y mandó dar pregones que cualesquier personas que quisieren ir á Castilla les dará pasaje y comida de balde, yendo con licencia del gobernador.
Y luego Cortés, acompañado de Gonzalo de Sandoval y de Andrés de Tapia y de otros caballeros, se fué á la Veracruz, y como se hubo confesado y comulgado se embarcó; y quiso nuestro Señor Dios dalle tal viaje, que en cuarenta y un dias llegó á Castilla sin parar en la Habana ni en isla ninguna, y fué á desembarcar cerca de la villa de Pálos, junto á Nuestra Señora de la Rávida; y como se vieron en salvamento en aquella tierra, hincan las rodillas en tierra y alzan las manos al Cielo, dando muchas gracias á Dios por las mercedes que siempre les hacia; y llegaron á Castilla en el mes de Diciembre de 1527 años.
Y pareció ser que Gonzalo de Sandoval iba muy doliente, y á grandes alegrías hubo tristezas, que fué Dios servido dende ahí á pocos dias de le llevar desta vida en la villa de Pálos, y en la posada que estaba era de un cordonero de hacer jarcias y cables y maromas, y ántes que muriese le hurtó el huésped trece barras de oro; lo cual vió el Sandoval por sus ojos que se las sacaron de una caja, porque aguardó el cordonero que no estuviese allí persona ninguna en compañía del Sandoval; é tuvo tales astucias, que envió á sus criados del Sandoval que fuesen por la posta á la Rávida á llamar á Cortés; y el Sandoval, puesto que lo vió, no osó dar voces, porque, como estaba muy debilitado y flaco y malo, temió que el cordonero, que le pareció mal hombre, no le echase el colchon ó almohada sobre la boca y le ahogase; y luego se fué el huésped á Portugal, huyendo con las barras de oro y no se pudo cobrar cosa ninguna.