Melín se rió y sentose sobre la cama, con el papel en los dedos.

—¿Es buena señal?—preguntó Moreno.

—Ya lo creo: di, compadre, ¿no sería mejor que te levantases?

Moreno de Calaveras se levantó con la ayuda de la mano que Melín le ofrecía.

—Creo que fumas.

Moreno tomó maquinalmente el cigarro que le alargaba.

—¿Fuego?

Jacobo arrolló la carta en espiral, la encendió y ofreciola a su amigo. Quedose con ella entre los dedos, hasta que se hubo consumido, y tiró el cabo que como fulgurante estrella, cayó ventana abajo. Siguiolo con la vista y se volvió luego hacia Moreno.

—Compadre—dijo poniendo sus manos sobre los hombros de su amigo,—en seis minutos me planto en el camino y me desvanezco como esa llama. No volveremos a vernos, pero antes de que me marche toma el consejo de un loco. Liquida todo cuanto tengas y llévate a tu mujer lejos de este sitio. No es lugar para ti ni para ella. Anúnciale que debe partir: oblígala a que se vaya, si no quiere de buen grado. No te lamentes de no ser un Sócrates ni ella un ángel. Acuérdate de que eres hombre y trátala como a una mujer. No seas torpe. Abur.

Desprendiose de los brazos de Moreno y saltó por las escaleras abajo como un gamo. Una vez en la cuadra tomó por el cuello al medio dormido mozo y le empujó contra el muro.