—Pon la silla al instante a mi caballo, o te...

La disyuntiva era terrible y fácil de entender.

—La señora dijo que enganchase el boghey para usted—tartamudeó el infeliz.

—¡Al diablo el boghey!

El tordo fue ensillado tan rápidamente como las nerviosas manos del asombrado mozo pudieron manejar las correas y hebillas.

El mozo, quien, como todos los de su clase, admiraba el empuje de su fogoso patrón, y realmente se interesaba en su suerte, no pudo menos de preguntar:

—¿Ocurre algo, señor?

—¡Quítate de ahí!

El mozo se apartó tímidamente. Sonó un latigazo y una blasfemia, pateó el caballo y Jacobo caminaba ya a trote tendido.

Un momento después, a los ojos somnolientos del mozo no era más que una movediza nubecilla de polvo en el horizonte hacia donde una estrella, separándose de sus hermanas, dejaba un rastro luminoso.