—¿Es tuyo? ¡Entonces, tú eres mi mamá! ¿Verdad? ¡Tú eres mamá!—prosiguió con júbilo infantil.

Y antes de que Lady Clara hubiese podido evitarlo, había dejado ya caer la muñeca, y, agarrándole con ambas manos las faldas, se echó a bailar ante ella con sin igual desenfado.

—¿Cómo te llamas?—dijo Lady Clara fríamente, quitando de sus vestidos las pequeñas y no muy limpias manos de la niña.

—Tarolina.

—¿Tarolina?

... Tarolina.

—¿Carolina?

... Tarolina.

—¿De quién eres?—preguntó aún más fríamente para ahogar un incipiente temor.

—¡Caramba! soy tu niña—dijo la criatura sonriendo.—Tú eres mi mamá, mi nueva mamá. ¿No zabez, no zabez que mi otra mamá se ha marchado y que no volverá? Ya no vivo con mi otra mamá. Ahora tengo que vivir con papá y contigo.