—¿Hace mucho tiempo que estás aquí?—preguntó de mal humor Lady Clara.
—Me parece que hace tres días—contestó Carolina después de una pausa.
—¿Te parece? ¿No estás segura?—dijo con sorna Lady Clara.—¿Pues, de dónde viniste?
Los ojos de Carolina comenzaron a parpadear bajo este vivo examen. Con gran esfuerzo reprimió su llanto, contuvo un sollozo y dijo:
—Papá... papá me trajo de casa miss Simmons... de Sacramento, la semana última.
—¡Cómo! Acabas de decir hace tres días—replicó aquélla con severidad.
—Quise decir un mes—dijo entonces Carolina, completamente perdida en su confusión e ignorancia.
—No sabes lo que te pescas—exclamó a gritos Lady Clara, resistiendo al impulso de sacudir la figurita que tenía ante sí y de precipitar la verdad por medios de orden puramente material.
La rubia cabecita desapareció repentinamente en los pliegues del vestido de la señora de Galba, como esforzándose en extinguir el abrasado color de sus mejillas.
—Déjate de lloriqueos—dijo Lady Clara librando su vestido de los húmedos besos de la niña, y sintiéndose molesta por extremo.—Vamos, enjúgate la cara, vete y no incomodes. Escucha—prosiguió cuando Carolina se marchaba.—¿Dónde está tu papá?