Afortunadamente, no lo era, y antes de que pudiesen poner por obra su pensamiento, una voz desconocida a sus oídos, pero bondadosa y de agradable timbre, preguntó si podía serles útil en alguna cosa. Era un hombre envuelto en una hermosa capa de piel de foca, cubierta la cabeza por una gorra de la misma piel, y con la cara medio tapada por una bufanda también de pieles, dejaba ver solamente unos largos bigotes y dos ojos negros de gran viveza.
—Es un hijo del viejo San Nicolás—dijo en voz baja Adelaida.
Las muchachas, conversando en voz natural, recostadas en el trineo, recobraron su anterior tranquilidad.
—¿A dónde voy a llevar a ustedes?—dijo tranquilamente el incógnito sujeto.
Hubo, entre ellas, una rápida consulta, y por fin, Catalina dijo con decisión:
—Al Instituto Crammer.
Ascendieron en silencio la cuesta hasta que el largo y ascético edificio se destacó ante ellas. El desconocido tiró repentinamente de las riendas y preguntó:
—¿Por dónde entran ustedes? Ustedes saben el camino mejor que yo.
—Por la ventana posterior—dijo Catalina con repentina y asombrosa franqueza.
—¡Ya comprendo!—contestó el extraño guía sin inmutarse.