Y apeándose al momento, quitó de los caballos los sonoros cascabeles.

—Ahora podemos aproximarnos tanto como ustedes quieran—añadió a modo de explicación.

—Seguramente es un hijo de San Nicolás—dijo en voz baja Adelaida,—¿no podríamos pedirle noticias de su padre?

—¡Silencio!—dijo Catalina con decisión,—puede que sea un ángel.

Y con deliciosa incoherencia perfectamente comprendida por su femenil auditorio, prosiguió:

—Estamos hechas tres visiones.

Saltaron cautelosamente los cercados y finalmente pararon a pocos pies de distancia de un sombrío muro. El desconocido ayudolas a apearse. La confusa y escasa luz de poniente reverberaba en la nieve, y a medida que el guía presentaba la mano a sus bonitas compañeras, cada una de éstas se veía sometida a un examen detenido, aunque respetuoso. Revestido de la mayor gravedad, ayudolas a abrir la ventana, retirándose luego discretamente al trineo hasta que terminó el difícil y un si es no es descompuesto acceso al interior. Después volvió hasta la ventana.

—Gracias: buenas noches—murmuraron las niñas a un tiempo.

Una de las tres figuras permanecía aún en la ventana, y el desconocido inclinose sobre el pretil.

—¿Permítame que encienda aquí este cigarrillo, pues la luz del fósforo ahí fuera podría llamar la atención?