—No podría contestarlo—dijo Príncipe gravemente.—Sólo sé que si ve usted a la señora de Ponce será con permiso de su madre, pues ella sabrá respetar sagradamente esta parte del convenio hecho hace ocho años. Su salud es muy delicada, y el cambio de aires y quietud del campo durante unos días le serán altamente beneficiosos.
Príncipe posó la mirada de sus vivos y penetrantes ojos sobre la joven, y contuvo el aliento hasta que ella anunció:
—Madre llegará hoy o mañana.
—¡Ah!—dijo Príncipe con dulce y lánguida sonrisa.
—¿El coronel Roberto está aquí también?—preguntó Carolina después de una pausa.
—El coronel Roberto ha muerto; por segunda vez ha enviudado su madre.
—¡Muerto!—repitió Carolina.
—Sí—contestó Príncipe,—su madrastra ha tenido la singular desgracia de sobrevivir a sus afectos más caros.
No pareció comprenderlo Carolina, pero Príncipe, sin dar explicaciones, se sonrió con dulzura.
Dos lágrimas temblaron al poco rato en los párpados de Carolina.