El señor Príncipe aproximó su silla hacia ella dulcemente.
—Temo—dijo con extraño brillo en su mirada y retorciendo las guías de su bigote,—temo que se preocupa usted demasiado del asunto. Pasarán algunos días antes que se le pida una resolución. Hablemos de otra cosa; supongo que no se resfrió ayer noche.
El rostro de Carolina adquirió con una sonrisa su gracia peculiar.
—¡Le pareceríamos sin duda tan alocadas!... ¡Y dímosle tanta molestia!...
—En manera alguna, se lo aseguro. Mis sentimientos de las conveniencias sociales—añadió con gazmoñería,—se hubieran alarmado quizá con cierta justicia si me hubiesen propuesto que ayudara a tres señoritas a salir de noche por la ventana de la clase, pero ya que se trataba de entrar nuevamente en ella...
Sonó con fuerza la campanilla de la puerta de entrada y el señor Príncipe se puso en pie.
—En fin; tómese todo el tiempo que necesite, y reflexione bien antes de resolver.
Sin embargo, el oído y la atención de Carolina estaban fijos en las voces que sonaban en la entrada. De repente, se abrió la puerta y el criado anunció:
—La señora Galba y el señor Robinson.
V