—¡Extraordinario eco!—dijo el juez.
—¡Extraordinario y remaldito!—exclamó el conductor, con desprecio.—Sal ya de ahí, Magdalena, y muéstrate en persona de una vez. Sé humana. No juegues al escondite; yo no bromearía en tu lugar, Magdalena—continuó Yuba-Bill, que en un exceso de furor daba ya vueltas pateando.
—¡Magdalena!—continuó la voz.—¡Oh, Magdalena!
—¡Mi buen señor!—dijo el juez, en el tono más patético.—Imagínese lo inhospitalario de rehusar un abrigo contra la inclemencia del tiempo, a mujeres desamparadas. ¡Señor mío de mi alma! Pensar que...
Una letanía de Magdalena terminando con una carcajada interrumpió su peroración.
Yuba-Bill acabó la paciencia; tomando del camino una pesada piedra derribó la verja, y seguido del correo penetró en el cercado: nosotros tomamos la misma dirección. Reinaba la más completa oscuridad, y todo cuanto pudimos saber, gracias a los rosales que nos rociaban con su húmedo follaje a cada ráfaga de viento, fue que estábamos en un jardín o cosa parecida.
—¿Conoce usted al inquilino de esta casa?—preguntó el juez a Yuba-Bill.
—No; ni ganas—contestó Yuba-Bill secamente, viendo ofendida en su persona, por tan contumaz individua, a toda la compañía pionera de diligencias.
—¡Pues, sí que la hemos hecho buena!...—replicó el juez, pensando en la verja allanada.
—Mire usted—dijo Yuba-Bill, con delicada ironía,—¿no haría mejor en volverse y tomar asiento en el coche hasta que le avisaran? Yo entro.