Y dicho y hecho, empujó la puerta de la casa.

En apretada haz penetramos todos en una larga sala iluminada únicamente por el rescoldo de un fuego que se extinguía en un rincón de la chimenea.

La luz vacilante que aquel rescoldo despedía daba relieve al grotesco dibujo de las paredes extrañamente pintadas. Distinguíase una persona sentada en gran sillón de brazos junto al hogar.

Todo esto lo vimos, apiñados en el umbral detrás del conductor y del correo.

—¡Hola! ¿Dónde está Magdalena?—dijo Yuba-Bill, al misterioso solitario.

Aquella figura no habló ni se movió.

El cochero se acercó furiosamente a ella, dirigiendo sobre su rostro el ojo de la linterna que llevaba en la mano.

Todos pudimos observar la cara de un hombre envejecido y prematuramente arrugado, con grandes ojos en que se mostraba la solemnidad característica del búho. Los grandes ojos erraron desde la cara de Yuba-Bill hasta la linterna y acabaron por fijar sus inconscientes miradas en aquel objeto deslumbrador.

Bill estaba ciego de coraje.

—Vamos. ¿Es usted sordo? ¡De todas maneras no será mudo!; ¿no es verdad?