—Sí—continuó el viejo en el tono lúgubre que desde los últimos momentos involuntariamente adoptara,—esto es... se me ocurrió la idea, ¿comprenden? de que tal vez les gustaría venir a mi casa y pasar allí una Nochebuena. Ahora tal vez no les gustaría... ¿Quizá no están en buena disposición?—añadió con simpática solicitud, observando las caras de sus oyentes.

—No diré que no—respondió Tomás Flavio, algo más animado.—Puede que sí. ¿Pero y tu mujer, viejo? ¿Qué tal va?

El viejo titubeó.

Todo Bar Sansón sabía que las experiencias conyugales no habían sido felices para él.

Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, había sufrido las más vivas y celosas sospechas de su marido, hasta que un día éste convidó a su casa a todo el Bar para que su infidelidad quedase plenamente probada.

Pero al llegar los de la partida, encontraron a la tímida e inocente criatura tranquilamente ocupada en sus obligaciones caseras, y tuvieron que retirarse corridos y avergonzados.

La delicada sensitiva no se repuso fácilmente del choque de tan extraordinario ultraje.

Le costó trabajo recobrar el aplomo para dar suelta a su amante, de un armario en que estaba escondido y escaparse con él. Para consuelo del marido, le dejó abandonado un niño de tres primaveras.

La actual consorte del viejo había sido su cocinera: mujer corpulenta, de carácter brutal.

Antes que pudiera contestar, Juan Dimas expuso en breves razones que la casa era del viejo, y que, invocando el poder divino, si estuviera él en su casa convidaría a quien le pluguiese, aun cuando haciéndolo pusiera en peligro su salvación. Los espíritus malignos, añadió además, lucharían en vano contra él.