—Mi esposa ha tenido la idea de pasar un rato con la señora Mac Fadden—dijo a modo de explicación y con aire indiferente, al tomar asiento entre los comensales.
Y, cosa singular, se necesitó de este adverso incidente para aliviar el embarazo que la partida comenzaba a sentir, y su audacia natural se recobró con el regreso del anfitrión.
No intentaré contar los chistes del banquete de Nochebuena. Basta decir que la conversación se caracterizó por la exaltación intelectual, el cauteloso respeto, la meticulosa delicadeza, la precisión retórica y por el mismo discurso lógico y coherente que distinguen a estas varoniles reuniones en localidades más civilizadas y en donde reina el más fino trato social.
No se rompió un solo vaso a causa de no haberlos, ni se derramaron inútilmente licores por el suelo ni sobre la mesa, por la escasez de aquel artículo.
Sería casi media noche cuando fue interrumpida la fiesta.
—Es preciso callar—dijo Federico alzando la mano.
Era la quejumbrosa voz de Juanito, desde su dormitorio inmediato.
—¡Oh, padre!
El viejo se levantó apresuradamente introduciéndose en la habitación del enfermo. Al poco rato reapareció.
—El reuma le vuelve con fuerza—dijo—y necesita unas fricciones.