Los hombres estaban sentados en buena compañía, con unas cuantas monedas de plata sobre la mesa y una flaca bolsa de piel de gamuza en las manos.

—Están armando... algún juego. Ya se las arreglan—contestó a Juanito y volvió a sus fricciones.

—Me gustaría ser mano y ganar dinero—dijo reflexivamente Juanito, después de un corto silencio.

Por todo consuelo, el viejo repitió lo que a todas luces era para él estribillo eterno, es decir: que si Juanito quisiera esperar hasta que diesen con el filón, en la mina, tendría mucho dinero, y serían muy ricos.

—Sí—dijo Juanito,—pero no lo encuentras. Además, dar con él o que yo lo gane, es casi lo mismo. Al fin y al cabo, todo es cuestión de suerte. Pero es muy extraño lo de Navidad, ¿no es cierto? ¿Por qué la llaman Navidad?

Sea por deferencia instintiva a las preocupaciones de sus huéspedes, sea por un vago sentimiento de incongruencia, la contestación del viejo fue tan baja, que quedó aprisionada entre las paredes de la habitación.

—Sí—dijo Juanito, con interés ya algo decaído.—Me han hablado ya de Él. Basta, padre; no me hace, ni con mucho, tanto daño como antes. Ahora cúbreme bien con la manta y—añadió murmurando bajo la ropa—siéntate a mi lado, hasta que me duerma. ¿Oyes?

Y se compuso para descansar, no sin antes sacar una mano fuera de la manta y agarrar fuertemente a su padre por una manga con objeto de que no le burlase en su justa pretensión.

El viejo esperó pacientemente algunos minutos.

La inusitada tranquilidad de la casa excitó su curiosidad; con la mano desasida y sin levantarse, abrió cautelosamente la puerta y atisbó hacia la sala.