Con gran extrañeza, la vio oscura y vacía.
Pero en aquel instante un leño que humeaba en el hogar se rompió, y a la luz de su llamarada vio a Federico Bullen sentado junto a los amortiguados tizones.
—¡Hola!
Federico se sobresaltó, púsose de pie y fue hacia él, medio tambaleándose.
—¿Los compañeros dónde han ido?—dijo el viejo.
—Al momento vuelven por aquí. Han salido a fuera a dar un pequeño paseo. Les estoy esperando. ¿Qué miras tan fijamente, viejo?—añadió con risa forzada,—¿vas a creer que estoy borracho?
Podía habérsele perdonado al viejo la suposición, pues los ojos de Federico estaban húmedos y su cara como un tomate.
Hízose un poco el remolón, y volvió a la chimenea. Bostezó, desperezose, abrochó su levita, y dijo riendo:
—El vino no anda tan abundante como eso, viejo. No te levantes—prosiguió, cuando el viejo hizo un movimiento para librar su manga de la mano de Juanito.—No hagas cumplidos. Puedes quedarte ahí donde estás; me voy al instante. Ya están aquí.
Llamaron suavemente a la puerta.