Federico Bullen abriola, con un ademán se despidió del viejo y desapareció.

El viejo le hubiera seguido a no ser por la mano que aún inerte le detenía fuertemente, no siendo fácil desprenderse de ella. Era pequeña, débil y flaca; pero quizá por ser pequeña, débil y demacrada cedió a su presión y, aproximando aún más la silla a la cama, apoyó sobre ella la cabeza, sorprendiéndole el sueño en esta actitud.

La habitación osciló y se desvaneció ante sus ojos; reapareció, se desvaneció de nuevo, oscureciose y le dejó dormido del todo.

En tanto, Federico Bullen cerró la puerta, y se juntó a sus camaradas.

—¿Estás listo?—dijo Conrado.

—¡Listo!—dijo Federico,—¿qué hora es?

—La una—contestó,—¿puedes hacerlo? Son casi cincuenta millas entre ida y vuelta.

—Así me parece—contestó Federico brevemente.—¿Está la yegua aquí?

—Bill y Jaime la tienen ya en el pinar.

—Pues que la guarden un momento.