—Tengo hambre, Melisita. Desde ayer a la hora de comer no he probado bocado. ¡Estoy muerto de hambre!

Y el joven, en un estado de inanición extraordinario, apoyose contra el primer árbol que encontró delante.

El corazón de Melisa se enterneció. En los días amargos de su vida de gitana, había conocido la sensación que él tan mañosamente fingía.

Vencida por su tono acongojado, pero no del todo exenta de sospecha, dijo:

—Cava bajo el árbol, cerca de las raíces, y encontrarás muchas; pero cuidado en decirlo.

Melisa tenía, como los ratones y las ardillas, sus escondrijos; pero, naturalmente, el maestro fue incapaz de encontrarlas, probablemente porque los efectos del hambre cegaban sus sentidos. Melisa empezaba a inquietarse. Por fin, le miró de soslayo al través de las hojas, a la manera de un hada, y preguntó:

—Si bajo y te doy algunas, ¿me prometes mantenerte a distancia?

El maestro asintió.

—¡Así te mueras si lo haces!

El maestro aceptó resignadamente tan terrible maldición.