Melisa se deslizó del árbol, y durante algunos momentos no se oyó más que el mascar de piñones.

—¿Estás mejor?—preguntó con cierto interés.

El maestro, dándole gravemente las gracias, confesó que se iba reanimando, y entonces comenzó a volverse por donde había venido. Como lo esperaba, no se había alejado mucho cuando ella le llamó. Volviose. Ella estaba allí, de pie, pálida, con lágrimas en los ojos.

El maestro comprendió que había llegado el momento oportuno. Acercándose a ella le tomó ambas manos, y contemplando sus húmedas pupilas, dijo en tono insinuante al par que grave:

—Melisita, ¿te acuerdas de la primera tarde que fuiste a verme? Me preguntaste si podías asistir a mi escuela, pues querías aprender algo y ser más buena, y yo te dije...

—Ven—dijo la niña con presteza.

—¿Qué dirías si el maestro viniese ahora a buscarte y dijese que estaba triste sin su pequeña alumna, y que estaba deseoso de que volviera con él para enseñarle a ser más bueno?

Melisa bajó silenciosamente la cabeza por algunos instantes. El maestro esperaba con impaciencia.

Dando descomunales saltos, una liebre corrió hasta cerca de la pareja, y alzando su brillante mirada y aterciopeladas patas delanteras, se sentó y los contempló. Una bulliciosa ardilla se deslizó por medio de la corteza resquebrajada de un pino derribado, y se quedó allí parada.

—Te estamos esperando, Melisita—dijo el maestro en voz baja, y la niña se sonrió.